APEGO Y APRENDIZAJE por José Octavio Reza Becerril

abril 13, 2013



Aprender es mostrarse ante sí mismo y ante los demás lo que se es, o lo que se cree que se es. Es hacerse con las personas que nos son significativas. Es lo que Jaeger (1983) indica que es la Paidea, en donde cultura, enseñanza y aprendiza son inseparables, es en el más antiguo de sus usos crianza de niños.  
Desde el momento de nacer se inician complejos procesos vivenciales que permiten apropiarse, en forma gradual, la experiencia de pertenencia, primero, a una díada y después a un grupo. En este proceso la adaptación mutua entre la madre y su hijo (o quien ejerza el maternaje) es una condición esencial. La naturaleza de tal adaptación ha dado pie a diversas suposiciones que van desde los argumentos filogenéticos hasta los que consideran la formación de un sistema cognitivo y afectivo complejo y recíproco. El desarrollo del niño, por tanto, es expresión de la dialéctica entre la dinámica biológica y la configuración de un sistema de naturaleza social, que en principio se establece entre él y sus padres, en donde el entendimiento mutuo (intersubjetividad) juega un papel importante. Esto implica que los niños y los adultos van construyendo formas de relación e interacción en el marco del proceso de socialización.
Bozhovich (1985), Sroufe (2000) establecen que el progreso del desarrollo emocional y cognitivo está entrelazado con los avances en el desarrollo social, en el cual se propicia la regulación de tales procesos dentro del marco de las relaciones de cuidado y atención hacia el niño. En este sentido, el curso general del desarrollo emocional y cognitivo puede describirse como un movimiento de regulación y modulación de las conductas que se desencadenan en la díada madre-hijo. Por ello, Sroufe (2000, p.147) afirma que:
“Solamente con el reconocimiento (‘conciencia’) hay placer y decepción y cautela. Sólo con algún desarrollo de la causalidad, intencionalidad, permanencia de los objetos y significado hay alegría, miedo o enojo. La sorpresa (lo que no se espera) está tan estrechamente arraigada en el desarrollo cognitivo que algunos autores se han referido a ella como la emoción epistemológica. No puede aparecer antes de que el desarrollo de la memoria sea suficiente para permitir una expectativa firme respecto de un suceso”.

La teoría del apego postulada por Ainsworth (1978, 1985) y Bowlby (1993a, 1993b, 1995a, 1995b, 1998) presenta, de manera concisa, la acción recíproca entre el afecto y la cognición en el desarrollo. El apego es un constructo emocional arraigado en los procesos cognitivos; el apego es un vínculo afectivo entre los padres y los hijos, mismo que se desarrolla durante el primer año de vida de los niños. Es una preferencia singular por quien los atiende y protege. El apego se refiere a una organización diádica (sistema), con objetivos comunes, mismos que pueden ser evaluados y corregidos de manera conjunta entre el adulto y el niño.
Observaciones anteriores a los estudios de Bowlby y Ainsworth acerca de la importancia del vínculo afectivo fueron realizadas por Sptiz, Dorothy Burlingham y Anna Freud en la década de 1940. Marrone (2001, p. 22) comenta que “estos estudios mostraron que los niños bajo cuidado institucional experimentaban una serie de reacciones que pueden ser interpretadas como signos de dolor, junto con los mecanismos defensivos contra el dolor, y que ellos tenían probabilidad de sufrir trastornos  del desarrollo si el cuidado institucional se prolongaba”. El estudio de estos mecanismos de defensa contra la ansiedad de separación mostró que tales mecanismos son una respuesta a sucesos interpersonales
La investigación realizada durante los últimos treinta años ha demostrado que el apego  y el aprendizaje social se inician en las tempranas relaciones de interacción entre madre e hijo. Schaffer (1981, p.18) presenta esta situación con las siguientes características:
-          Ser madre como dedicación a cuidados físicos: los efectos de las experiencias en este aspecto ejercen un impacto presente en el bienestar general del niño. Se deduce que cuanto más gratificantes sean las prácticas del cuidado físico por parte de la madre para con su hijo, tanto más se desarrollará un vínculo entre ella y él. Sin embargo, ello no implica que la personalidad quedase irreversiblemente fijada a (o por) determinadas prácticas de cuidado físico.
-           Ser madre como repertorio de actitudes: los motivos de las prácticas de crianza y cuidado materno son más importantes que las prácticas en sí mismas. Como resultado de las investigaciones de las actitudes de los padres hacia sus hijos, surgieron dos dimensiones relativas al cuidado de los hijos, en las cuales se tuvo el mayor acuerdo. En la primera de estas se designó como cariño-frialdad, se refiere al afecto que la madre expresa al hijo. La segunda, es la de permisividad-restricción, se refiere a la tolerancia por parte de la madre con respecto al comportamiento del hijo.
-          Ser madre como estimulación: todas las actividades que lleve a cabo la madre con su niño se designan con el término estimulación. Aunque si bien, en el pasado próximo se postulaba que la maduración era un proceso autónomo, lo cual dejaba fuera cualquier participación de los padres respecto a su hijo. Esta opinión ejerció mucha influencia en las décadas de 1930 y 1940; en la actualidad se sabe que el desarrollo no tiene lugar en el vacío. Saber qué necesita el niño requiere que los padres aprendan a conocer su estado psicológico y físico presentes, considerando su edad y género. Como se comprende, la variedad y frecuencia de las experiencias de aprendizaje son de particular importancia.
-          Ser madre como interlocución: el diálogo es una actividad social de gran complejidad, los participantes han de compartir una serie de reglas que les permitan regular este tipo de interacción, existe aquí una sincronización temporal esencial. La interlocución no es sólo habla sino que es también comunicación no verbal.
Entendidas como proceso, las anteriores características implican funciones con una serie de ajustes constantes, a medida que tanto la madre como el hijo van adquiriendo, de forma gradual, conocimiento mutuo. La interacción entre madre e hijo generan acciones recíprocas, las cuales, según Kaye (1986), pueden servir de signos cada vez que la madre deduzca algo de tales acciones y, tiempo después, el niño haga lo propio. Este ajuste mantiene la interacción. Brazelton y Cramer (1993, p.141) afirman que el término “interacción” fue utilizado por primera vez por Bowlby en su artículo La índole del vínculo del hijo con su madre, publicado en 1958. Watzlawick, Helmick y Jackson (1986) proponen al respecto que una serie de mensajes intercambiados entre personas recibirá el nombre de interacción.
Brazelton y Cramer (1993) especifican que la interacción puede dividirse, para su estudio en el proceso de formación del apego, en los siguientes periodos: iniciación, regulación, mantenimiento y terminación; la evaluación de la interacción la establecen a través de las siguientes categorías:
-          Sincronía: consiste en adaptarse al ritmo del bebé o del niño
-          Simetría: significa que la capacidad de prestar atención del bebé o del niño su estilo y sus preferencias influyen en la interacción. En un diálogo simétrico, el progenitor u otra persona respetan los umbrales del bebé o del niño.
-           Contingencia: es cuando el progenitor u otra persona construyen un repertorio de lo que funciona o no funciona para mantener la interacción con el bebé o el niño; esto promueve una selectividad armónica.
-           Arrastre: el adulto y el bebé o el niño, que logran la sincronía de señales y respuestas comienzan a establecer otra dimensión a su diálogo. Empiezan a prever cada uno las respuestas del otro, en secuencias prolongadas. Han aprendido cada uno los requisitos del otro, establecen un ritmo. La interacción se establece en un nuevo nivel de participación. Cada miembro de la díada se adapta al otro.
-          Juego: la díada tiene la oportunidad de ampliar el aprendizaje de cada uno de ellos.
-          Autonomía y Flexibilidad: La autonomía surge de la seguridad que le dan al niño los padres; implícita a la autonomía se encuentra la flexibilidad en las pautas de interacción.
La misma conducta en cada uno de estos momentos puede tener diferentes significados, mismos que refieren a la calidad afectiva de tales periodos. Esta la establecen, Brazelton y Cramer (1993) de la manera siguiente:
-          Intrusiva
-          Recíproca
-          Empática
-          Transgresora.
En este proceso, uno de los aspectos significativos es la transición desde la dependencia prácticamente total del bebé al funcionamiento autónomo posterior del niño. Por ejemplo, Stern (1981) y Sroufe (2000) señalan que las capacidades perceptiva y motora del bebé son instrumentos que le llevan a establecer intercambios socioemocionales con su madre. Esto constata que dadas las disposiciones biológicas del bebé a responder a la estimulación de su madre, genera en él un proceso de aprendizaje perceptivo-motor.
La paradoja de este proceso es que cuanto más estable y equilibrada sea la dependencia en el marco de la intersubjetividad en la díada madre-hijo, y menor la separación entre ellos, el niño muestra después un funcionamiento emocional, cognitivo y social más efectivo en contextos extra familiares, es decir, es más capaz de desenvolverse con mejor éxito utilizando su propia evaluación de las situaciones. Antes de que el niño  pueda utilizar explícita e intencionalmente a la persona más significativa para él como una “base segura de exploración” (Ainsworth, 1978), ya se ha construido una historia de de afecto compartido. Estos aspectos confirman que la angustia por la separación de la persona significativa es un signo de la relación de apego, esta característica refleja, a la vez, el proceso de  aprendizaje de discriminación y la formación de esquemas de la persona con la cual se ha establecido el vínculo afectivo. En este proceso el notable desarrollo de la memoria, entre los tres y los 10 meses, tiene, como aprecia, consecuencias significativas para el desarrollo emocional.
La memoria es el fundamento de la anticipación, por consecuencia las imágenes mentales se van diferenciando en su contenido emocional y no sólo por su función y estructura cognitiva. Esto plantea  que los esquemas se modulan y categorizan por la evaluación que se hace del mundo a través de afecto. En este sentido, el desarrollo afectivo y cognitivo son los medios para organizar la estructura y el contenido del aprendizaje como parte de la experiencia de vida. Por ejemplo, para el niño maltratado preguntarse por los actos que ha sufrido es de especial importancia, pero como subraya Lecomte (2003; en Manciaux, et.al., 2003) lo importante no es acordarse, sino saber de qué acordarse.
Sroufe (2000, p.197) ilustra en el cuadro siguiente las características de las experiencias en el desarrollo, desde el nacimiento hasta la adolescencia.
Cuadro 1. Temas del desarrollo que involucran el proceso de formación del apego
Período
Edad
Tema
Papel de quien está a cargo
1
0-3 meses
Regulación fisiológica (volverse hacia)
Rutinas suaves
2
3-6 meses
Manejo de la tensión
Interacción sensible y de cooperación
3
6-12 meses
Establecimiento de una relación eficaz de apego
Disponibilidad interesada y sensible
4
12-18 meses
Exploración y dominio
Base segura
5
18-30 meses
Individuación (autonomía)
Apoyo firme
6
30-54 meses
Manejo de impulsos, identificación con el papel sexual, relaciones con pares
Papeles claros, valores; autocontrol flexible
7
6-11 años
Concepto del yo en consolidación, amistades leales, funcionamiento efectivo del grupo de pares del mismo género, competencia del mundo real
Monitoreo, actividades de apoyo, corregulación


8

Adolescencia

 Identidad personal, relaciones con géneros mixtos, intimidad

Recurso disponible, monitoreo de las actividades

Para Bowlby (1993a) la teoría del apego es una forma de conceptualizar los fuertes lazos afectivos que se desarrollan en la experiencia de interacción con personas que son emocionalmente importantes. Y brinda una explicación, desde la perspectiva interpersonal, de situaciones intrapsicológicas tales como la ansiedad, la ira, la depresión y el alejamiento emocional, que afectan la calidad de la adaptación social, así como la formación de modelos mentales (o modelos operativos) que contienen la concepción de sí mismo y de las demás personas.
Marrone (2001, p.44) aclara que los modelos operativos internos que un niño construye a partir del vínculo afectivo que establece con sus padres (o con otras personas significativas en su vida efectiva) y de sus formas de comunicarse y comportarse con él, junto con el modelo complementario de sí mismo en la interacción con cada uno de ellos, se establecen firmemente como estructuras cognitivas influyentes, las cuales forman esquemas que integran afecto y cognición. Estos modelos mentales hacen posible la organización de la experiencia subjetiva e intersubjetiva, así como la actividad cognitiva. Esta noción de Bowlby de modelos operativos es compatible con la teoría de la representación de Piaget (1990,1995) y de la teoría de los procesos interpsicológicos y su transformación en procesos intrapsicológicos, así como del constructo de zona potencial de desarrollo de Vygotsky (1993).
Bowlby (1993a) distinguió entre el vínculo de apego y las conductas de apego, la presencia aislada de tales conductas no implican un vínculo. Estas características al relacionarse se constituyen en un sistema de retroalimentación de la díada, este proceso es denominado por Ainsworth (1978) como “base de seguridad”. La investigación realizada por ella en diversos contextos culturales y su modelo de estudio experimental llamado “Situación Extraña” dan valor heurístico tanto al apego como a la base segura.
Sroufe (2000, p.218) puntualiza que “el objetivo establecido del sistema de apego se considera como una seguridad sentida y el afecto se concibe como un mediador de la conducta adaptativa”. Esto permite evaluar al bebé y al niño la experiencia subjetiva de interacción con su madre u otro adulto significativo en términos de seguridad o inseguridad. En consecuencia, una figura de apego puede constituirse en una base segura o en un sistema de interacción de inseguridad. Marrone (2001) ha observado que los niños que han experimentado un cuidado parental fiable y empático tienden a tener un apego seguro; y aquellos que han experimentado diversas formas y grados de abandono, rechazo, abuso, o cuidado inconsistente mantienen un apego inseguro.
Estas dos categorías de apego las especifica Sroufe (2000), (siguiendo las observaciones de Ainsworth (1978), en tres grupos, tomando en consideración las relaciones de apego:
·                   Grupo B (relaciones de apego seguras): los niños se separan con facilidad de quien está a cargo de ellos, se concentran y disfrutan del juego, si se angustian cuando no están con la figura de apego, recuperan la tranquilidad al estar con otros niños o adultos con los que ha establecido una relación afectiva positiva. Al estar de nueva cuenta con la figura (o figuras) de apego expresan de manera abierta su alegría.
·                   Grupo C (apego ansioso/resistente): los niños muestran poco interés en explorar su entorno, su juego refleja competencia y exigencia con quienes participa. Cuando se separan de la figura (o figuras) de apego se angustian de manera intensa y se esfuerzan por mantener su atención, ya sea con llanto intenso o rabietas. Cuando esto sucede en presencia de otros niños tienden a agredirlos y a dejar de participar en actividades de grupo. Su atención selectiva no es constante y muestran inquietud física constante. Al reunirse de nueva cuenta con la figura (o figuras) de apego se muestran ambivalentes: buscan el contacto y al mismo tiempo muestran rechazo, o aislamiento; situación que los desespera de manera intensa. La modulación y regulación emocional en tales situaciones tiende a ser difícil.
·                   Grupo A (apego ansioso/evitativo): los niños se separan fácilmente de su figura (o figuras) de apego, notándose poca importancia a esta separación. Su juego es superficial, así como otras actividades; su atención selectiva tiende a ser inconsistente y muestran inquietud física constante. Cuando ya no desean estar con otros niños reclaman la presencia de la figura de apego pero cuando están reunidos muestran indiferencia hacia ella.
En términos de la teoría de Piaget la angustia de separación que experimenta el niño es posible porque a nivel cognitivo ya posee el esquema de objeto y la noción de permanencia del mismo. Piaget (1987, p.117) especifica:
“¿Qué es en realidad el esquema de un objeto? Es, en parte esencial, un esquema de la inteligencia: tener la noción del objeto implica atribuir la figura percibida a un sostén substancial, tal que la figura y la substancia de que ella es índice sigan existiendo fuera del campo perceptivo. La permanencia del objeto, considerado desde este ángulo, no es solamente un producto de la inteligencia,  sino que incluso constituye la primera de esas nociones  fundamentales de conservación”.
A partir del cuarto estadio sensoriomotor (de los 4 a los 8 meses de vida) se va apuntalando la intencionalidad de la búsqueda del objeto (persona o cosa) y en el quinto y sexto estadios se consolida el esquema. Este proceso coincide con el proceso de formación del apego, y con lo que Sptiz (1981, 2001) observó en bebés de 6 a 9 meses cuando la persona significativa para ellos se ausentaba por periodos de tiempo prolongados. Esta situación provocaba en los niños lo que denominó como depresión anaclítica.
Cuando este esquema de la persona significativa no es consistente, es decir, que el contenido del esquema está matizado de ausencias reiteradas, tanto física como emocionalmente, el niño se atemoriza por su ausencia. Pero cuando tal ausencia es poco frecuente en tiempo y espacio, y no implica el abandono emocional, la angustia se amortigua con la presencia y la sensibilidad de la persona significativa y la calma se recobra. El vínculo de apego da al niño la posibilidad de regular y modular sus procesos cognitivos y emocionales. Esto da al niño la confianza necesaria para explorar su entorno y desplegar su curiosidad intelectual. Esto constituye la esencia del aprendizaje significativo. Esto lo confirma Bronfenbrenner (1987) en sus investigaciones con niños y sus padres, señala que los infantes mantienen su atención en sus actividades cuando sienten que ellos son valorados de manera positiva por sus padres. Y que las tareas que emprenden implican una participación conjunta, con la correspondiente diferenciación de niveles y papeles de ejecución. Asimismo, Ortony, Clore y Collins (1996, p.91) observaron que la realización de las actividades están en función de estados emocionales.
La calidad de ejecución de una tarea por el niño se relaciona con la evaluación que hace éste de lo que es deseable o indeseable para las personas que son significativas por su vínculo afectivo con él. Cuando la evaluación se da en el marco de una relación de apego satisfactorio se ha consolidado lo que Bronfenbrenner (1987, p.77) denomina “díada de desarrollo”. En esta se conjugan tres funciones: la primera se manifiesta cuando uno de los miembros presta atención estrecha y duradera a las actividades del otro miembro, y este manifiesta una respuesta a la atención que se le demuestra; en la segunda, los participantes se perciben a sí mismos haciendo algo juntos, sin que esto implique que hagan lo mismo, sino que sus actividades son complementarias. La complementariedad permite la reciprocidad con la expresión de momentos de directividad de algunos de los miembros. Por último, la situación conjunta se interioriza, esto hace sentirse a los miembros de la díada unidos aún cuando no estén juntos.
En este sentido, la intersubjetividad supone una vía regia para el estudio del aprendizaje (Trevarthen, 1982) entenderlo desde esta perspectiva requiere concebirlo como un proceso subjetivo, singular e histórico. Frawley (1999) señala que la subjetividad, contenida en la intersubjetividad, tiene su punto de nodal en la metaconsciencia de las experiencias de interacción en el marco del apego. Esto plantea que tanto la pedagogía como la psicología necesitan llevar a cabo una reflexión profunda acerca de lo que se ha entendido por aprendizaje tanto en los contextos escolares como no escolares. Al respecto. Ilich (1984) afirma que la educación ha llegada a significar lo opuesto del proceso vital de aprendizaje que parte de un contexto humano. Asimismo, Larrosa (1995, p.270) concluye que: “la experiencia de sí, históricamente constituida, es aquello respecto a lo que el sujeto se da a su ser propio cuando se observa, se descifra, se interpreta, se describe, se juzga, se narra, se domina, cuando hace determinadas cosas consigo mismo. Y ese ser propio se produce con arreglo a ciertas problematizaciones y en el interior de ciertas prácticas”.
Marc y Picard (1992) puntualizan que la calidad del apego se relaciona de manera directa con el comportamiento social del niño, no sólo en el hogar sino también en el ámbito escolar. Stern (1997) al revisar las investigaciones del desarrollo infantil, realizadas en la década de los años 80s y principios de la década de los 90s (Cichetti y Cohen, 1997; Greenspan, 1981; Lebovici y Weil-Halper, 1981; Lewis y Miller, 1990; Sameroff y Emde, 1989; Soulé y Golse, 1992; Weinberg y Tronick, 1994; Zeanah, 1993), concluye que en los niños la psicopatología que presentan consiste, generalmente, en problemas relacionadas con la calidad de la interacción con sus padres.  Por su parte, Byng-Hall (1996, p.15) señala que:
“Es importante para el aprendizaje que los niños tengan relaciones seguras y de confianza con los adultos de sus vidas. La investigación reciente muestra que los padres que tienen una comprensión clara y coherente de las necesidades y vulnerabilidades de sus hijos tienen mayores probabilidades de tener hijos seguros, mientras que los padres que no establecen fácilmente relaciones empáticas con sus hijos y por lo tanto no les responden adecuadamente cuando éstos los necesitan, son más propensos a tener hijos inseguros”.
También Cohn (1990) refiere que los niños que no han tenido un apego seguro con sus padres (y en especial con la madre) muestran de manera consistente conductas disruptivas y de agresión hacia los compañeros de clase. Afirma que la idea que se han formado estos niños de sí mismos es de no ser merecedores de cariño y confianza, sus expectativas acerca de sus compañeros y profesores esta formada por la historia de las interacciones sociales con sus padres. Este proceso va construyendo en el niño un firme sentido de confianza, cimiente para la identidad de ser uno mismo. La confianza nace en un apego estable y seguro. Elkind (1999, p113) afirma que: “la investigación parece sugerir que los niños que sintieron un apego seguro hacia sus padres entre los 12 y 18 meses, después fueron calificados, por sus profesores de primaria, como más positivos emocionalmente, más empáticos y más obedientes que los niños con apego menos firme”.
Estos planteamientos se constatan en los estudios de Banks (1983), Bowlby (1993), Wartner y Grossman (1994) y Rappoport (1991), especifican que el logro académico de los niños está relacionado con la calidad del apego que mantengan con ellos, así como la motivación de logro y con la imagen de sí mismos. Todos estos aspectos ya habían sido abordados por Vygotsky (1993a), a través de su constructo de “situación social del desarrollo” del niño, el cual establece una ruta para no separar los procesos interpsicológicos de los procesos intrapsicológicos. De este se deriva el concepto de “vivencia”. González Rey (2000) y Bozhovich (1985, p.123) especifican que “para comprender qué influencia ejerce el medio sobre el niño y por consiguiente, cómo determinar el curso de su desarrollo, hay que comprender el carácter de las vivencias del niño, el carácter de su relación con su medio”. La vivencia no la determina el nivel de desarrollo intelectual, sino que está en función de las necesidades afectivas del niño, en un momento determinado de su desarrollo. En la vivencia se integra lo afectivo y lo cognitivo. González Rey (2000), al respecto, enfatiza la importancia de la  significación de la personalidad en la comprensión de la organización de los procesos afectivos como procesos psíquicos superiores.
Piaget (1987, pp.14-15) afirmó que no existe un estado cognitivo puro, “concebida en términos de intercambios funcionales, la conducta supone dos aspectos esenciales y estrechamente interdependientes: uno afectivo, otro cognitivo (…) esto depende de toda la historia del sujeto activo”. El afecto tiene implicaciones en operaciones cognitivas tan complejas como la reversibilidad y la conservación.
Piaget (1987 p.16) reafirma la aseveración anterior y establece que:
“La vida afectiva y la cognoscitiva, aunque distintas, son inseparables. Lo son porque todo intercambio con el medio supone a la vez una estructuración y una valoración, sin que por eso sean menos distintas, puesto que estos dos aspectos de la conducta no pueden reducirse el uno al otro. Es así como no se podría razonar, incluso en matemáticas puras, sin experimentar ciertos sentimientos, y como, a la inversa, no existen afecciones que no se hallen acompañadas de un mínimo de comprensión o de discriminación”. 
Lo anterior implica que el análisis lógico de las estructuras y de su sucesión muestra el vector del desarrollo, pero por sí mismo no puede ofrecer una explicación de los procesos dinámicos responsables del desarrollo cognitivo. De igual modo, no puede haber un estado afectivo puro. Inhelder (1975) señala que Piaget introdujo la distinción entre aprendizaje en sentido estricto y aprendizaje en sentido lato, estando siempre el primero subordinado al segundo, que comprende las leyes del desarrollo. Es decir, a la naturaleza del conocimiento y del desarrollo intelectual. Piaget (1987, p.17) especifica que la inteligencia es en esencia un sistema de operaciones vivientes y actuantes, y no consiste en una categoría aislable y discontinua de procesos cognitivos; “la inteligencia no es así más que un término genérico que designa las formas superiores de organización o equilibrio de las estructuras cognoscitivas”.
Desde esta perspectiva, el apego promueve lo que Kozulin (2000, p.80) denomina “aprendizaje mediado”; consideremos, por ejemplo, cómo aprende el niño a adaptarse a su entorno físico y social. Siguiendo el pensamiento de Vygotsky, señala que existen tres clases de mediación: la primera se establece a través de instrumentos materiales, estos tienen una influencia indirecta en los procesos psicológicos, pero tienen un empleo colectivo y una representación simbólica. Esta última característica genera  la segunda clase de mediadores, los llamados “instrumentos psicológicos”, estos median entre los propios procesos psicológicos del niño y el adulto en interacción. La transición hacia la tercera clase es un salto cualitativo en la comprensión dialéctica de afecto y cognición y sus implicaciones en el aprendizaje como proceso general y, en particular, en el aprendizaje mediado. Desde esta concepción Vygotsky (1993a) formula la Ley Genética general del desarrollo Cultural. Esta ley platea que cualquier función presente en el desarrollo cultural del niño, aparece dos veces o en dos planos distintos. En primer lugar, aparece a nivel social y más tarde a nivel individual; es decir, primero se manifiesta en la interacción del niño con el adulto (plano interpsicológico), y después en el propio niño (plano intrapsicológico). Asimismo, este proceso establece que el adulto sea un mediador de signos. Ambos aspectos están presentes en lo que Ainsworth (1978, 1985) y Bowlby (1993a, 1993b) denominan “una base segura”.
El constructo “base segura” integra las características que posee la teoría de la experiencia de aprendizaje mediada, elaborada por Fuerstein, Rand y Hoffman (1979; en Kozulin, 2000) en el contexto del trabajo clínico y educativo con niños y adolescentes de culturas distintas, con carencias culturales y/o con problemas de aprendizaje. Para que se construya la experiencia del aprendizaje mediada el adulto hace que la situación interactiva pase de ser una experiencia incidental a ser una experiencia intencional de colaborar con el niño. Es lo que Bronfenbrenner (1987) llama “díada de actividad conjunta”. Esto fue planteado por Vygotsky en sus obras Pensamiento y Lenguaje (1993b), y Las funciones Psicológicas Superiores (1993a) en donde puntualiza que entre desarrollo y aprendizaje hay una relación dialéctica indisoluble, concepción que mantiene la esencia de los planteamientos de la teoría del apego. A manera de conclusión citamos a Vygotsky (1993b, p.44):
“Consideramos la relación entre inteligencia y el afecto, cuya separación como objeto de estudio es el punto más débil de la psicología tradicional, puesto que hacen aparecer el objeto de pensamiento como una corriente autónoma de pensamientos que se piensan a sí mismos, segregada de la plenitud vital de los intereses y necesidades personales, de las intenciones e impulsos del sujeto que piensa”.

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