Lo que no nos dijeron cuando estábamos embarazadas

abril 28, 2013

“El puerperio es una etapa naturalmente perfecta, una metanoia enriquecedora, vital, que lleva a la mujer a una depresión postparto. ¿Por qué una mujer sana y feliz se entristece cuando tendría que ser el mejor momento de su vida?. El parto le conduce a un desafío interior, a una búsqueda, a una reconciliación con lo no esperado (…), un cara a cara con una parte propia que rechazamos, en una sociedad en la que prima la adaptación al medio siguiendo unos patrones de comportamiento impuestos y no instintivos”
“Y superadas todas las dificultades, descubre que LA ENGAÑARON, que no fueron unos meses y vuelta a la normalidad, que ahora su realidad es radicalmente distinta y que tiene que adaptarse a otro ritmo que es el que él impone. Que es otra mujer distinta que poco tiene que ver con la que llevaba ese ritmo imparable y tenía las metas profesionales tan claras”
“Y te descubres a ti misma mirándote en los azulejos de la cocina mientras sostienes en tus brazos a tu hijo, ambos bailáis una melodía pasada de moda, porque has dejado de prestar atención a las tendencias actuales, has olvidado quien eras y qué querías en la vida, sólo tienes presente y ahora, agarras su pequeña mano mientras danzas en la eternidad el mejor baile de tu vida, y te das cuenta de que esto es la felicidad”
Ana Sabater
(Durante siglos pocos han hablado  del puerperio y muchos menos lo han entendido. La sociedad actual nos dice que tras el embarazo feliz se pasa a “la misma vida de antes” pero con una criatura-trofeo bajo el brazo. Para algunas familias esto es así, para otras no. Cada vez hay más mujeres que descubren que tras el parto existe una etapa turbia, intensa y desconocida de la que nadie les había hablado ni advertido y que adentrarse en ella supone conocer muchas mentiras y nuevos descubrimientos.
Ana Sabater, periodista y madre reciente, nos explica en este artículo lo que no nos dijeron cuando estábamos embarazadas y lo que puede suponer…

Decidimos tener un hijo y nos embarazamos, para ello hemos hecho cuidadosos planes de cómo encajaría el bebé en nuestra vida.
Nos equivocamos, hicimos la pregunta errónea; si actuamos desde una maternidad responsable, respetuosa y lo más natural posible, la cuestión real es: ¿Cómo podemos encajar nosotros en la vida de un recién nacido? Porque el neonato tiene sus ritmos de vida esenciales y simples bien delimitados, está unido a la vida, a la tierra y sobre todo a su madre. Sus padres no pueden cambiar esto, lo único que puede hacer una madre es desconectar al bebé de las necesidades básicas con las que nace; pero lo único que logrará será un engaño propio y ajeno.
Tener un hijo en nuestra sociedad actual, de madres trabajadoras que caminan a un ritmo frenético y que tienen unas metas profesionales tan bien planteadas, supone un cataclismo devastador y enriquecedor al mismo tiempo.
El embarazo es un estado temporal en el que se mima a la madre y se la trata entre algodones, etapa en la que la mujer, mejor o peor, todavía tiene su autonomía personal, aunque con  limitaciones. Una mujer que se imagina los próximos días de su vida jugando con un muñeco como cuando era niña.
El nacimiento del bebé cambia todo esto radicalmente. La mujer se encuentra con un niño de carne y hueso que depende totalmente de ella, y al que no puede dejar en una estantería cuando se canse. Durante alrededor de cuarenta semanas la energía de la madre y la del feto han estado fusionadas en una unión perfecta.
Cuando el hijo ve la luz está tan estrechamente ligado a la madre que no es posible saber donde termina uno y donde comienza otro. Aunque físicamente se hayan disociado, emocionalmente son el mismo ser, la separación se produce mucho más lentamente que los cuatro o cinco meses que dura el permiso de maternidad. Madre-hijo son dos seres unidos a través de la placenta, dos energías atadas por los lazos invisibles de un amor que es la causa de la supervivencia de la especie.
Tras el nacimiento, la mujer puérpera se sumerge en una etapa en la que la razón deja de funcionar, el reloj temporal se para, se mueve por instintos y ritmos naturales. Ella y su criatura se envuelven en una burbuja que los extrae de la sociedad, del mundanal ruido.
La vida late al compás de lo irracional, el hemisferio derecho explosiona y se desarrolla; hay un pequeño ser humano que sólo desea estar en contacto con lo que durante nueve meses ha sido su universo, el latido del corazón de su madre, su respiración, sus pechos que manan leche y que alimentan su cuerpo y su alma. La mujer se transforma en mamífera protectora. Durante un proceso creador y destructor surge el alma de la madre.
Una etapa naturalmente perfecta, una metanoia enriquecedora, vital, que lleva a la mujer a una DEPRESIÓN POSTPARTO. ¿Por qué una mujer sana y feliz se entristece cuando tendría que ser el mejor momento de su vida?
El parto le conduce a un desafío interior, a una búsqueda, a una reconciliación con lo no esperado. Porque como dice Laura Gutman, en La maternidad y el encuentro con la propia sombra, el nacimiento constituye un encuentro con la naturaleza salvaje de la propia mujer, un cara a cara con una parte propia que rechazamos, en una sociedad en la que prima la adaptación al medio siguiendo unos patrones de comportamiento impuestos y no instintivos.
Un sistema masculino en el que la mujer ha visto a la maternidad como una forma de esclavitud que la encadena a la casa y al cuidado de los hijos, y que ahora tiene que encontrar y adaptar a su propia evolución personal ¿Cómo encaja en su antiguo mundo una mujer que ha dejado de ser productiva y eficaz, que se ha identificado con su estado animal, que vive fuera del tiempo, y que vive una realidad distinta a todos los demás miembros de la  especie?
Ella intenta insertarse de nuevo, pero su naturaleza no se lo permite, y ahí comienza la lucha interna que acaba rompiendo sus esquemas, y de la que debe surgir un nuevo ser fortalecido en su fuerza interior; pero es una dura batalla y no todas sobreviven.
Durante el embarazo la sociedad mercantilista y materialista nos dice que nuestro hijo al nacernecesita un carro, una cuna, una mini-cuna, una hamaca, biberones, chupetes, sonajeros… Y un sinfín de cosas innecesarias. Nos engañaron: nuestro hijo sólo necesita nuestros brazos y nuestros pechos; su mejor juguete, el que más y mejor consuelo le dará: dar rienda suelta durante todo el tiempo del mundo a su reflejo de succión, y si lo hace de nuestros pezones escuchando el latido del corazón, la respiración, oliendo, sintiéndose protegido, amado, entonces será feliz.
Si es así de fácil y así de simple tener a un bebé contento y tranquilo ¿Qué ocurre con toda la industria que crea los entretenimientos para niños engañando a sus madres, diciéndoles que con estos chismes puede alejarse del bebé y volver a ser independiente? Crean una falsa idea de que “no hay que coger en brazos al bebé porque se malacostumbra”, y la mujer se confunde porque se enamora en el primer instante de aquel ser que surgió de su vientre, y su instinto le lleva a llevarlo siempre en brazos porque lo siente todavía como una prolongación de sí misma.
Presionan a la mujer para que compre biberones carísimos y leches artificiales cuando ella dentro de sí sabe perfectamente que la inmensa mayoría de las féminas tienen suficiente buena leche para sus hijos. Y que ese refuerzo de biberón que le da a su hijo, que es totalmente inútil, sólo es el fruto de una presión mercantilista que no puede soportar y de la falta de seguridad en sí misma. Nadie le dijo la verdad sobre la real lactancia materna.
Todo lo que antes era importante, ahora deja de serlo. Y la madre siente que tiene mucho más en común con el chimpancé que lleva en brazos a su hijo, que con su amiga que vino a visitarla y le trajo un conjunto de última moda para su bebé y que charla sin parar de lo que hizo en su última salida nocturna.
La mujer se mira al espejo y le cuesta reconocerse, y de repente lo que antes era imprescindible se deja a un lado, y deja de conjuntar zapatos, jersey y bolso, mientras corre a atender las necesidades de lo que ahora es realmente importante.
Ella y su pareja, tras el nacimiento de su hijo, se dan cuenta de cuánto ha influido la distinta educación recibida por uno y por otro. A ella le dijeron que algo era blanco, y a él que algo era negro, y ahora tienen que encontrar un gris intermedio que acepten para la crianza de su hijo.
Le dijeron que los bebés duermen mucho, pero no le contaron que lo hacen en minisiestas y que para su tranquilidad era necesario que estuvieran pegados a su madre. Y tendemos a creer que los niños recién nacidos apenas comen de noche y duermen tranquilos en su cuna, adormilados por juguetes carísimos que regalan los abuelos.
Nadie nos comunica el secreto a voces del colecho, la necesidad de la cría de estar pegada a la progenitora durante la noche. Una evolución y aprendizaje del sueño que se va haciendo más profundo a medida que nuestro hijo crece en un proceso perfecto, pero mucho más lento de lo que quisiéramos. Y por ello los padres se frustran cuando se dan cuenta de que su hijo se despierta un sinfín de veces cada noche, y no se dan cuenta de que es algo real que hay que aceptar.
Y llega ese momento, en el que pasados los cuatro o cinco meses del permiso de maternidad, la mujer se da cuenta de que aquello que había planeado acerca de la conciliación familiar de la vida laboral es una falacia. Sufre el hecho de que la separación feliz de su criatura no existe, porque todavía es pronto para que sus energías fluyan distantes, para que cada uno de los dos pueda recorrer un camino por separado.
Y como madre empieza a observar el mundo exterior como una jungla que no entiende de la relación tan especial y profunda que tiene con ese pequeño que le sonríe, especialmente a ella, y al que lleva pegado todo el tiempo del mundo.
Y superadas todas las dificultades, descubre que la engañaron, que no fueron unos meses y vuelta a la normalidad, que ahora su realidad es radicalmente distinta y que tiene que adaptarse a otro ritmo que es el que él impone. Que es otra mujer distinta que poco tiene que ver con la que llevaba ese ritmo imparable y tenía las metas profesionales tan claras.
Y al mismo tiempo su nueva vida es la que siempre soñó, un estado en el que se descubrirá a si misma dándose cuenta de que ha olvidado esas inquietudes tan importantes, y que sólo existe el presente y el ahora. Sus necesidades se subordinan a las de ese pequeño que la mira con sus ojos curiosos y  brillantes.
Y te miras en los azulejos de la cocina mientras sostienes en brazos a tu hijo, ambos bailáis una melodía pasada de moda, porque has dejado de prestar atención a las tendencias actuales.
Agarras su pequeña mano, y sientes y aspiras profundamente el amor verdadero, el sentimiento desinteresado e instintivo del que te habían hablado pero que nunca habías sentido con tanta intensidad, y te ríes a carcajada limpia de todo lo que te dijeron y no era cierto, de todo lo que diste por válido y no ha tenido nada que ver con la realidad; de los consejos de tu madre, de tu suegra, de las escasas perspectivas de futuro en tu empresa, del sexo escaso y distinto con tu pareja… Y tantas otras cosas.
Pero todo ello no importa, porque ves a tu criatura sonreír y reír contigo, y sois realmente felices juntos. Y te das cuenta de que esto es lo más real que has vivido y que este es uno de los mejores momentos de tu vida.
En El Blog Alternativo: Otros artículos de Ana Sabater
Más información: El puerperio en el siglo XXI (artículo en word de Laura Gutman)

extraído de  ww.elblogalternativo.com

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