El proceso de adaptación a la escuela

enero 27, 2015

Cada etapa vital trae consigo para el niño y sus padres nuevos retos, conquistas, dificultades, frustraciones y satisfacciones. En este artículo abordaré el tema de la entrada a la escuela (refiriéndome a la escuela infantil y primaria, a partir de los 3 años por lo general) y en qué sentido la escuela pública también puede llegar a ser un espacio en donde se acompañe a los niños respetando sus ritmos y procesos vitales contemplando el mundo de sus afectos y emociones.

Parto de mirar la crianza natural o con apego como aquella que promueve el respeto por los procesos vitales y ritmos del niño, aquella que promueve la construcción de vínculos seguros, estables y confiables para éste en relación a sus adultos de referencia, y esto es lo que le permite al niño crecer y desarrollarse desde un sentimiento profundo de confianza en sí mismo y en el mundo que le rodea.
En este sentido, la escuela infantil y primaria puede constituir un espacio de continuidad para este desarrollo sobre la base de vínculos estables y seguros con adultos de referencia a partir de la posibilidad madurativa del niño de separarse sin angustia (o con una mínima y tolerable angustia) de sus padres. Un espacio en donde el niño se encuentre una cierta cantidad de horas en un entorno cuidado, preparado para su momento vital, sus necesidades de exploración, y en presencia de otros niños y de adultos que le acompañan en sus procesos.

Hago aquí un inciso para aclarar que considero que una cierta cantidad de horas, que respondan a las necesidades de los niños, tanto en cuanto a la socialización con sus iguales a partir de los 3 años como al enriquecimiento de estar en entornos preparados para su experimentación con autonomía y libertad no son 7, 8 ó 9 horas diarias. Seguramente con muchísimas menos sería suficiente. Pienso que entre 3 y 5 horas diarias sería un número suficiente para satisfacer estas necesidades (aunque esto también pueda depender de cada niño y suponga un intento de generalización basándonos en la experiencia y/o en la teoría).
Aquí nos encontramos con un primer obstáculo desde el marco público, algo que creo que se solventaría bastante bien si las escuelas y la administración optaran por la jornada intensiva o reducida que facilita la opción de que los niños puedan comer en casa y no tengan que regresar luego a la escuela, en un horario que pueda ir de 9 a 14h. Junto con un margen de tiempo que pueda tener el proyecto educativo de entrada y salida flexible o relajada (para ir llegando, por ejemplo, entre las 9 y 10 de la mañana como algunas escuelas ya lo hacen en el ciclo infantil), podríamos tener una jornada más reducida en el caso de que el niño así lo necesite o la familia lo valore.

Cuando el niño se separa de sus padres, es decir, del primer más importante vínculo de su vida, hay un traspaso de la confianza a los adultos que le acompañamos en la escuela. Este es el primer gran paso: que el niño y sus padres confíen en este adulto que va a cuidar de él durante el tiempo que no estén sus padres.
Es vital para que este traspaso de confianza se pueda dar con facilidad, que exista un período de tiempo en donde se comparta el espacio a “tres”, que convivan en el espacio los padres, los niños y los educadores o maestros. Esta es la manera de aproximarse a ese otro adulto en un entorno seguro, es decir, cuando todavía los padres están cerca por si los necesita el niño. Y, a su vez, por parte del educador también existe en ese momento la tranquilidad de poder construir el vínculo en base al placer compartido con el niño y no tanto por situarse como autoridad que pone límites y define lo que se puede y lo que no se puede hacer en el espacio. Estas primeras normas básicas de funcionamiento son mucho mejor acogidas por los niños, por lo general, cuando el maestro primero se las transmite a los padres y éstos actúan como “portavoces” de estas normas con sus hijos.

Si, en ese momento, los padres están presentes, serán ellos los que marcarán los límites al niño, lo que permite que la relación de éste con el educador se inicie más desde el placer que desde el displacer o la frustración. Un buen punto de partida desde el cual construir un vínculo seguro. En estos primeros contactos del niño con su educador referente, el padre o la madre observan cómo es esa relación, cómo se aproximan mutuamente, cómo van cogiendo confianza a través del juego compartido, de la presentación del espacio de la escuela, de los materiales, de los juegos, de otros niños, etc.
También, otra imagen importante para los padres en estos momentos tan especiales de la adaptación es cuando ven cómo los adultos acompañamos a los niños que ya no están con sus papás o mamás. En este tiempo que la familia está acompañando al niño en la escuela, los padres observan cómo les acompañamos, les cogemos en brazos, les validamos y permitimos expresar todo el abanico de posibilidades en relación a las emociones que se despliegan en el momento de la separación del niño y sus padres… desde la tranquilidad y alegría hasta la tristeza y el enfado.

Y hay tiempo para que cada uno exprese lo que necesita en ese momento: acompañar al papá o mamá hasta la puerta, despedirse desde la ventana, etc. Cada díada mamá-niño/a o papá-niño/a va construyendo sus pequeños rituales de despedida y el educador valida y acompaña al niño en estos pequeños rituales que le dan seguridad y confianza al momento de la separación. Esta posibilidad de acompañar las despedidas es posible cuando la escuela se plantea una entrada progresiva y relajada de las familias; si no, sería materialmente imposible acompañar cada uno de los procesos de los 25 niños de la clase.
En la observación y vivencia de estos procesos también se va tejiendo la confianza de sentir que cuando ellos no estén allí presentes, sus niños se quedarán bien acompañados. Es tan importante la confianza del niño que se construye en este tiempo de la adaptación como la del padre y la madre hacia el educador y la escuela.

El período de adaptación transcurre así como un tiempo de conocimiento mutuo y de construcción de la confianza necesaria entre la familia y la escuela. Lo ideal es que este período sea flexible y que dure el lapso de tiempo que el niño/a necesite para la construcción de un vínculo mínimamente seguro con su adulto referente en ese nuevo espacio.
Es un proceso complejo, no lineal, y que no siempre resulta fácil o claro para los adultos. Algunas veces son los padres los que no están preparados para marchar y el niño también responde a ese deseo inconsciente de los padres de que él no les deje marchar todavía. Es difícil en esos momentos diferenciar lo que pertenece al sentir de los padres y lo que forma parte del sentir del niño. En ese momento el educador acompaña el proceso del niño y también el del padre o madre.

Lo que sí considero importantísimo es dejar de pensar en el período de adaptación a la escuela únicamente como una progresión en el número de horas que el niño asiste al centro escolar. Personalmente considero que esto no es una adaptación que respete y valore el sentimiento de confianza y seguridad ni los afectos más profundos que el niño necesita para crecer y desarrollarse, sino más bien una resignación progresiva… primero me resigno una hora, luego dos, luego tres y luego la jornada que me impongan.
Y sí que es verdad que los niños dejan de llorar. Ningún niño pasará llorando las 8 ó 9 horas que pueda llegar a estar en la escuela y, seguramente, habrá muchos momentos en estas horas, en las que se lo pasará bien, reirá, jugará, compartirá experiencias con otros niños y con los adultos… pero esto no quiere decir que esté adaptado desde un lugar interno de confianza y seguridad, sino más bien puede indicarnos que el parar de llorar responde a un sentimiento de resignación pautado por su instinto de supervivencia.

De esta manera no estamos favoreciendo la construcción del vínculo del niño con su adulto de referencia en ese espacio a partir del deseo o el placer compartido, sino a partir de su instinto de supervivencia. Si sus padres ya no están, necesitará apoyarse en el adulto que tenga más cerca, pero por necesidad y con una emoción generalmente de base de abandono, miedo y resignación, no de placer y deseo por relacionarse.
¿Con quién dejamos al niño en un tipo de adaptación que se reduce a la cantidad de tiempo que aumenta progresivamente pero que separa al niño desde el inicio de sus padres? ¿Con un adulto que todavía no conoce ni tiene confianza? ¿Con 25 niños más? El niño puede sentir que lo dejamos solo y esto emocionalmente es su realidad. Él todavía no está vinculado a estas 26 personas que lo rodean; por lo tanto, es como si estuviera solo.
Ellos nombran este sentimiento literalmente así: “No me dejes solo aquí”. Esto muestra cuál es su sentir en esos momentos. Podemos pensar que sí existen otras maneras de comenzar la experiencia de la escolarización. No son tan complejas ni difíciles de poner en marcha. Necesitamos escuchar nuestra propia sensibilidad como adultos y también es verdad que necesitamos, o bien modificar parte de las condiciones materiales que nos ofrece la escuela pública en cuanto a los recursos humanos disponibles, o bien poner muchísima creatividad a la hora de administrar los recursos con los que contamos o que podamos crear.
Lo importante aquí es construir proyectos educativos que cada vez más respondan a la necesidad y al derecho de los niños a vivir experiencias seguras y confiables emocionalmente también en la escuela. Esto contribuirá a que se desarrollen personas respetuosas de sí mismas, de los otros y de su entorno porque esto es lo que habrán recibido tanto de su familia como de su entorno escolar.

por © Verónica Antón
articulo extraído de crianzanatural.com 

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