Afortunado el niño que es amamantado más de dos años por Ibone Olza

marzo 03, 2016

Esté es un capítulo que me llegó mucho del libro Lactivista de Ibone Olza, ella a mi me encanta ya que siempre habla desde un lugar dónde nos desborda de información ayudándonos a que podamos ir retirando los velos entorno a la maternidad....
AFORTUNADO EL NIÑO QUE ES AMAMANTADO MÁS DE DOS AÑOS. La frase, que me he permitido traducir libremente, es del doctor Koop que llegó a ser cirujano general, el cargo médico de mayor autoridad en Estados Unidos. Esta afirmación contrasta con las afirmaciones tan peyorativas que muchos médicos y psicólogos han hecho sobre la lactancia prolongada. El porqué de tanto prejuicio es algo que yo misma sigo sin comprender bien.

Los pobladores de Atapuerca ya sabían que la leche materna tenía propiedades muy saludables. Los niños amamantados hasta los cuatro años eran los que tenían más probabilidades de llegar a adultos, así lo afirma el paleontólogo Bermúdez de Castro1. Kathleen Detwyler, antropóloga experta en lactancia, concluyó que el destete fisiológico en la especie humana sucede entre los dos años y medio y los siete años de edad, como confirman las observaciones en diferentes pueblos primitivos (Detwyler, 1995).

A pesar de ello, en los estudios «científicos», la lactancia prolongada siempre es cuestionada, ya incluso desde el mismo título. No hay más que ver los interrogantes en los títulos de algunos estudios: ¿Se asocia la lactancia prolongada con la malnutrición? (Caulfield, Bentley, & Ahmed, 1996) o bien Lactancia  prolongada ¿nutrición o mimos? (Buckley, 2001). Incluso los que dicen que es inofensiva la denostan al tacharla de no nutritiva: «No causa daño», dice Dr. Richard Schanler, jefe de la sección de lactancia de la AAP [American Academy of Pediatrics]. «La mayor parte de la lactancia en el segundo y tercer año es social y no necesariamente nutritiva»2.


La mayoría de los estudios epidemiológicos se refieren a los beneficios de las lactancias cortas, pero en muchos de los efectos asociados a la lactancia se ha observado una relación dosisrespuesta, es decir, a menor duración de la lactancia mayor incidencia de enfermedad, lo que hace suponer que a una mayor duración, la lactancia solo puede traer beneficios a madre e hijo o hija (Riaño Galán, Díaz Gómez, Temboury Molina C., & Hernández Aguilar M.T., 2008). Conforme avanza la lactancia, parece que la glándula mamaria se vuelve aún más eficaz. En un estudio, a los 15 de meses de lactancia la producción de leche en 24 horas era sustancial a pesar de que la mama había vuelto a su tamaño pregestacional. La producción siempre es adecuada a los requerimientos del lactante (Kent, Mitoulas, Cox, Owens, & Hartmann, 1999). Una mayor duración de la lactancia (más de un año) se asocia con menores problemas de conducta y mejor adaptación social a los 6-8 años (Fergusson & Woodward, 1999). Los estudios más rigurosos han confirmado que la lactancia materna favorece un mejor desarrollo de la inteligencia, mayor cuanto más dura el amamantamiento (Kramer et al., 2008). Recientemente este beneficio a nivel cerebral se ha visto mediante técnicas de neuroimagen: se ha comprobado cómo el cerebro de los niños y niñas que siguen siendo amamantados pasados los quince meses maduran mejor en varias áreas cerebrales relacionadas con la inteligencia (Deoni et al., 2013).

Sin embargo, los psicólogos y muy especialmente los psicoanalistas han sido muy duros con la lactancia prolongada. Karleen Gribble recoge en un artículo las acusaciones más duras que se han vertido contra las madres que amamantan durante años. Entre otras cosas han sido acusadas de «pervertidas», continuar lactando para evitar la intimidad con sus parejas, favorecer que sus hijos dependieran de ellas o incluso abusar sexualmente de ellos (K. D. Gribble, 2009). En Francia, en cuanto se supera la norma de lactancia y se rebasan los seis o máximo nueve meses, las reacciones son uniformes: «El bebé nunca podrá despegarse de la madre, será homosexual, dependiente, psicótico…». Los riesgos son aún mayores para los lactantes varones que para las niñas. La madre se encuentra en posición de acusada, juzgada, tachada de peligrosa, indecente, aplastante, demasiado posesiva, incestuosa. La consecuencia lógica de este miedo transmitido culturalmente es que en cuanto haya el más mínimo problema en un bebé amamantado más allá de la norma social, el lazo causal entre esos problemas y la lactancia será directo (Thirion & Piloti, 2011).

Otros terapeutas franceses como Serge Lebovici y Francoise Dolto, a pesar de señalar la importancia de la proximidad madre-bebé, han abordado la lactancia sobre todo en términos de «alerta ante el peligro» (Thirion & Piloti, 2011). Las preguntas que llegan a hacerse los sesudos psicoanalistas franceses ante la lactancia prolongada llegan a resultar graciosas: ¿Cómo diferenciar entre la función erótica del seno y la función nutritiva del lactante? ¿La lactancia pone en peligro la fusión madre-bebé? ¿A la larga hace que las madres fantaseen con seguir siendo una unidad con su bebé? (Brusset, 2003). Incluso nombran «los fantasmas» de la lactancia prolongada: fantasma de reincorporación, fantasma de piel común… El lactante en una lactancia prolongada, ¿puede ser prisionero de una problemática materna anterior a su concepción?, se pregunta un autor (Lighezollo, 2005), como si esa problemática no pudiera suceder en el caso de bebés amamantados menos tiempo o nada. Otras preguntas son ya francamente ofensivas: ¿Puede existir en la lactancia un vínculo incestuoso? ¿Cómo influye el sexo del lactante? Todas estas cuestiones están recogidas en el artículo de Thirion (Thirion & Piloti, 2011).

La verdad es que dan ganas de no responder. ¿Cómo es posible que la norma biológica de la especie humana haya llegado a ser tan denostada? En mi opinión, la mejor respuesta hasta la fecha la han dado Casilda Rodrigáñez y Ana Cachafeiro: «El reconocimiento de que hay una libido femenina maternal que se orienta hacia la criatura que la mujer alumbra socava los cimientos del discurso patriarcal. No nacemos con complejos de Edipo ni con castraciones; no nacemos con carencias sino con una enorme producción de deseos, de deseos maternos, que bien pronto se estrellan contra las pautas y los límites establecidos por las normas patriarcales. La sexualidad infantil no es ni masculina ni femenina: el deseo materno es el mismo en el bebé con pene que en el bebé con útero y vagina. Todo el Edipo es una fabulosa tergiversación de los deseos de las criaturas. El concepto de incesto encierra otro descomunal engaño, porque intencionadamente engloba y confunde la sexualidad materno-infantil y la sexualidad coital» (Rodrigáñez Bustos & Cachafeiro Viñambres, 2007).
Y es que hoy en día resulta políticamente incorrecto defender el placer, el poderío de nuestros cuerpos o que la soberanía alimentaria comienza en la teta. Así, la lactancia materna prolongada se convierte en un gesto de insumisión. Como dice la socióloga Isabel Aler: «La lactancia materna es un acto político de insumisión».

Afortunadamente ha habido algunos psiquiatras que han señalado cómo el amamantamiento prolongado ayuda a la definitivadefinitiva  y sana separación del niño de su madre (Call, 1990).

La psicóloga uruguaya Nora D´Oliveira ha realizado una excelente revisión sobre la lactancia prolongada que se encuentra disponible íntegra en la red. En ella incluye esta excelente recomendación que suscribo plenamente. Dice Oliveira: «Invitaría a reflexionar sobre lo que significa para una madre decirle que debe destetar a su hijo porque le está haciendo un daño emocional. Le pedimos a las madres que atiendan y escuchen las necesidades de sus hijos. Sin embargo, en determinado momento, aunque ellas crean que lo están haciendo, les decimos que ya no es así, y tanto no es así que hasta podría ser perjudicial para ellos. Deberíamos tener una seguridad absoluta en este sentido para hacer tal indicación. De lo contrario, tal vez podríamos escuchar y observar un poco más qué significa para esta familia seguir amamantando a este niño»1.
Cuando se ha investigado por qué dan las madres el pecho más allá de los dos primeros años, casi todas lo hacen motivadas por el beneficio que encuentran sus hijos e hijas en el amamantamiento (K. D. Gribble, 2008). La mayoría no planearon amamantar tanto tiempo, y de hecho muchas habían tenido dificultades significativas con la lactancia en los inicios. Otro estudio muy similar comprobó como muchas madres habían sufrido el estigma social que conlleva el amamantamiento prolongado (Kendall-Tackett & Sugarman, 1995).

Este estigma o rechazo a veces lo padecen incluso los lactantes. Las madres de los grupos de apoyo cuentan cómo niños y niñas amamantados durante años también en ocasiones echan de menos que sus amigos o amigas compartan la experiencia. Consuelo Oliván, de Vía Láctea y madre de mellizas, cuenta: «El otro día mi hija Izarbe, que tiene 6 años, me comentó que le había contado a una amiga suya, como secreto, que tomaba tetita y que esta amiga le había dicho que ella también (yo conozco a la familia y sé que no es verdad). Cuando yo le quise desmentir a mi hija que su amiga tomase tetita, me dijo que ‘era verdad, que no iba a ser ella la única en el mundo que tomase teta’. Entonces me di cuenta de que ella en este momento no conoce a ningún niño que tenga esa experiencia. Igual que las mamás necesitamos sentirnos acompañadas, que no somos bichos raros, que hay otras mamas que hacemos y sentimos lo mismo y tenemos experiencias similares, también los niños necesitan compartir esas experiencias».

El testimonio de esta madre, Consuelo Oliván, compartido en el libro Maternidad y Salud1 y que reproduzco a continuación, sirve para ilustrar la riqueza de la lactancia prolongada y erradicar tanto prejuicio acerca de la lactancia prolongada.

Mis hijas tomaron teta en exclusiva hasta los seis meses y han disfrutado, y he disfrutado, de lactancia materna hasta la actualidad en que tienen seis años. Es ahora cuando me hago plenamente consciente de todo lo que ha supuesto para ellas y para mí la experiencia de la lactancia, y me doy cuenta de que ha sido mucho más de lo que yo pretendía y podía imaginar, más que el ofrecerles un excepcional alimento y un reconfortante contacto físico. Ha supuesto una inmersión total de ellas en mí y de yo en ellas, una experiencia sensorial incomparable en la que hemos compartido todos los sentidos: nos hemos tocado, abrazado, acariciado, olido, nos hemos saboreado, hemos oído nuestros latidos, nuestras voces, nuestras risas, nuestros llantos... Nos hemos visto tan de cerca y durante tanto tiempo y hemos compartido tantas emociones en todo este camino que hemos podido compartir también nuestra alma, nuestro espíritu, la esencia de nuestro ser, nos hemos dado lo mejor de nosotras No solo entre madre e hija sino también entre hermanas, el mamar juntas, una al lado de la otra ha propiciado momentos muy bonitos y ha contribuido a crear una relación muy especial, y cada una desde su tetita ha observado, oído, tocado a su hermana, compartiendo risas, juegos, riñas, lloros…
Además, para ellas su tetita ha supuesto su refugio, su consuelo, su calmante en momentos de dolor, de tristeza, de llanto, de cansancio, y para mí ha sido algo mágico poder ofrecérsela y cubrir sus necesidades con algo tan natural, tan sencillo, tan económico, tan disponible y tan accesible en todo momento y lugar. Es ahora, cuando una de mis hijas que ha decidido dejar de mamar, me ha ayudado a hacerme plenamente consciente de todo esto, cuando en ocasiones se tumba a mi lado, me chupa, me abraza, me toca, me huele y con un suspiro me dice: ‘¡Qué bien huele! ¡Huele a mamá!’.

Consuelo Oliván Monge.Mamá de mellizas y maestra

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