Las bases sistémicas del amor en la pareja

abril 02, 2016

El vivir en pareja es una  aspiración universal, vivir el amor en la pareja es una conquista reciente. Cada cultura transmite un modo de vivir la pareja, y la representación fenomenológica y sistémica de las realidades que ofrecen las constelaciones familiares nos abre nuevas perspectivas sobre la vida de pareja.

Los pilares de la relación de pareja son el amor, el dar y recibir, la sexualidad, la intimidad (o intercambio afectivo) y la convivencia.

Recordaremos continuamente que no hay leyes sino observación del fenómeno “pareja”.

Cada pareja es un caso  particular. No hay modelo estándar.  Además cada época, cada sociedad tiene sus desordenes propios, sus desordenes establecidos, sus compensaciones…

La incompletud de nuestra vivencia de pareja es el motor de su evolución, de nuestro deseo de mejorarla y de nuestra creatividad al respeto.

La vivencia de pareja está sometida a todos los vaivenes de la vida, y será el espejo de los conflictos sin resolver de ambas personas, o de las interferencias de sus sistemas familiares.

El no tener pareja es una compensación sistémica que indica una intrincación grave, que el sistema necesita sanar y se sanará fundamentalmente gracias a la aceptación incondicional de su  destino por la persona soltera.

El amor

El amor es una presencia de fondo, no es un sentimiento sino una actitud. Es la aceptación incondicional y agradecida del otro tal y como es.

Es “te tomo tal y como eres. Gracias por haberme sido regalado. Gracias por ser como eres.”

Aprendemos el amor con los padres. Todo lo que nos separe del amor incondicional a los padres se interpondrá entre nosotros y los demás. Si hubo “movimiento interrumpido del amor” hacia el padre o la madre, lo habrá también hacia la pareja.

El amor se aprende y se repara con los padres. Cuando nuestro amor hacia los padres fluya, fluirá también hacia los demás.

El enamoramiento es ciego, no permite ver a la otra persona, sólo vemos lo que necesitamos, lo que proyectamos. El enamoramiento es un impulso que no podemos controlar, que viene de lejos, viene de la necesidad de nuestro sistema familiar de sanar o compensar algo gracias a ese otro que nos atrae.

Luego con el amor a segunda vista la persona, por fin,  ha descubierto como es la otra persona: alguien tan imperfecto como ella misma, que no se corresponde para nada al ideal de pareja que se había forjado. En el fondo ese ideal es siempre una proyección de la madre, ni siquiera de la madre que hemos tenido, pero sí de una madre ideal…

El amor a segunda vista es un amor adulto que toma al otro como es, y a mis necesidades como son. Y parte de estas necesidades podrán ser cubiertas por la relación, y gran parte no… Yo seguiré siendo responsable de mis carencias y de su sanación.

Las tres palabras claves del amor en la pareja son: sí, gracias, por favor.

Sí, te quiero y te tomo tal y como eres, 
Gracias por ser como eres, gracias por todo lo que me has dado, 
Por favor, te necesito.

Lo que mata al amor

Querer cambiar a nuestra pareja, o desear que cambie es faltar al amor y al respeto. Es el germen de la separación.

Idealizar a alguien es faltarle al respeto.

Los ismos matan el amor. Machismo y feminismo tienen un objetivo: el poder sobre el otro. No permiten que se desarrolle el amor, lo persiguen como  a un enemigo. Y en efecto si hay amor no hay postura de poder.

Cuando entramos en rivalidad de poder con la pareja, estamos sembrando la semilla de la separación. Hemos entrado en un juego de manipulación, estamos ciegos y sin amor. No alcanzamos a ver a la otra persona. Estamos en el pasado, viviendo un rencor, resentimiento o venganza del pasado, de nuestra infancia o de nuestros ancestros. Proyectamos un antiguo patrón destructivo sobre nuestra pareja, no la vemos ni la queremos querer.

Manipulación y violencia. Soltar los campos de memoria

El pasado distorsiona nuestra percepción del presente. Este pasado suele ser el de nuestro sistema familiar, como el de nuestra infancia.

La pareja es una comunidad de destino, quiere decir que la pareja es una relación necesaria para ambos sistemas familiares: ambos miembros de la pareja pertenecen, de ahora en adelante, a una nueva comunidad sistémica, creada por la fusión  de sus sistemas de origen. Por lo que los miembros de la pareja necesariamente son complementarios, todo lo que viven en la pareja es compartido al cincuenta por ciento por ambos, incluido la manipulación y la violencia.

En la infancia, la relación simbiótica con la madre necesariamente tuvo carencias. Al crecer, el individuo, hombre como mujer, busca una nueva relación simbiótica, ya adulta y sexual, en la que proyectará lo vivido en la infancia, para reproducirlo como patrón y simultáneamente intentar resolver lo que quedó pendiente con su madre cuando era pequeño. Pero ese intento está abocado al fracaso. La adultez será aceptarnos como somos.

Ese intento de resolución del pasado es la base de la manipulación y existe en todas las parejas, pues es constitutivo de ese espacio de intimidad.

En la manipulación dejamos de estar en el Adulto y nos dejamos arrastrar por los roles de víctima y perseguidor, con los que intentamos hacer responsable al otro de nuestra carencia. Por eso la manipulación es fundamentalmente deshonesta.

En cuanto uno de los dos se da cuenta del “juego”, éste cesa.

El máximo grado de manipulación llega a la destrucción de los dos: uno muerto y el otro en la cárcel, o ambos muertos. Cada uno ha sido simultáneamente víctima y perseguidor, vengándose con sentimiento de justicia, sin asumir nunca su responsabilidad.

Además de la infancia, cada persona está vinculada a una imagen de pareja que le viene por fidelidad a los campos de memoria con los que está vinculada, o intrincada. Esta imagen impide vivir el presente.

Son varias las imágenes posibles: esposo tirano / esposa víctima. Esposo tirano / esposa rencorosa, en el odio y el desprecio. Esposo víctima / esposa “feminista”, vengativa, tirana. Pareja de un solo miembro: viudo/a, divorciado/a, etc.

Detrás de estas imágenes están las creencias destructivas “todos los hombres son …” “Todas las mujeres son …” “El amor entre hombre y mujer es imposible” “El amor para mi es imposible”.

Lo que estos ancestros necesitan es que alguien les vea, con amor y respeto y compense sus fracasos en vez de imitarlos.

El hombre tiene que asentir que pertenece al campo de los hombres (maridos y padres), cual haya sido la historia de estos hombres, devolviéndoles su responsabilidad en el daño que hicieron a las mujeres, honrando sus sufrimientos, agradeciendo ser un hombre como ellos. Luego puede honrar el campo de las mujeres, su dolor, sufrimientos y humillaciones, su rencor y su desprecio a lo masculino.

La mujer tiene que asentir que pertenece al campo de las mujeres (esposas y madres), cual haya sido la historia de estas mujeres, devolviéndoles sus circunstancias, honrando su sufrimiento y devolviéndoles su responsabilidad, agradeciendo ser una mujer como ellas. Luego puede honrar el campo de los hombres, su prepotencia, su expiación, su soledad.

El dar y recibir

Dar nos permite pagar una deuda anterior, por lo que siempre alivia, haciéndonos más felices y más vivos. Dar nos permite devolver lo que los padres nos dieron.

Recibir nos pone en dependencia del que nos ha dado hasta que le hayamos devuelto algo equivalente. Por lo que es más agradable dar que recibir. Recibir nos hace sentir en deuda. Dar nos permite exigir.

El que sólo quiere recibir es un niño que no quiere crecer. Quizás esté mostrando a un niño excluido.

El que sólo quiere dar, tiene miedo a sentirse culpable, deudor. Quiere sentirse superior. No ama.

Los dos miembros de la pareja son iguales en derechos. Todo tiende a equilibrarse: lo que uno recibe con lo que da. Se equilibra automáticamente, inconscientemente, el amor que uno da al otro, las trabas que uno trae de antes, el daño que se hace. Cuando no se equilibran hay tensión entre la pareja, el que recibe más de lo que puede dar se enfada y se va... a no ser que sea capaz de agradecer al otro. El ejemplo es el de las parejas dónde uno de los dos tiene una invalidez, que provoca que él recibe más de lo que puede dar.

Las trabas que uno trae son por ejemplo una enfermedad de uno de los conyugues, o bien los hijos de un matrimonio anterior. Son trabas en el sentido que exigen más del otro, del que no es ni padre ni madre de estos hijos. Habrá que permitir una compensación a la pareja, sino su inconsciente se la buscará y será mucho peor.

La proyección de la pareja en un hijo es una necesidad natural. Así lo exige el sistema familiar para su supervivencia. De tal modo que cuando en una pareja uno no puede, o no quiere, tener hijos, o bien el que no puede tener descendencia devuelve su libertad al otro, y éste se replanteará su compromiso, o bien el otro se suele separar para poder tener un hijo con una nueva pareja.

Seguir y servir.

La mujer sigue al marido y el marido se pone al servicio de la familia cuyo centro es la mujer.

Ambos están al servicio del proyecto de pareja (en general el proyecto es la familia). Ambos están al servicio. Ambos se miran a los ojos por igual y toman las decisiones conjuntamente.

El hombre (y la mujer soltera) está atado a su país por la deuda de amor que contrajo con él. Y su trabajo ha de estar al servicio de la compensación del dar y recibir con el país. Ahí está la fuerza para su realización profesional. Y el fruto económico de esa realización lo ofrece al servicio de su familia.

La mujer en la pareja se adapta y crece como persona en la tierra del marido. Mientras que el hombre que va a vivir en la casa o la tierra de su mujer pierde su fuerza.

La condición para que la mujer se realice como esposa y madre, en el territorio del hombre, es que éste ame y respete la familia de origen de la mujer.

Todo se hace por amor: por amor a su marido, la mujer sigue al país, cultura, religión de su marido; por amor a su mujer, el marido enseña a sus hijos la cultura, lengua o religión de su mujer.

Cuando se invierten los roles en la pareja, aunque sea de mutuo acuerdo, el hombre ocupándose de los hijos y la mujer como cabeza de familia, se observa que la pareja como tal deja de existir, el hombre pierde su fuerza de hombre y se convierte en un hijo, compensando inconscientemente  una frustración de su primera infancia, los hijos reales pierden su sitio y pierden a su padre, la mujer se hace muy grande, su mirada se dirige fuera de la familia, y ambos dejan de tener interés y respeto el uno por el otro como pareja.

La sexualidad

La persona es atraída por su pareja, solamente porque  le atrae como hombre o como mujer. El hombre quiere a la mujer como mujer, la mujer quiere al hombre como hombre. En la pareja homosexual, de la misma manera cada uno es atraído sexualmente por el otro. La relación basada en otro motivo como soledad, economía, proyecto, tener un hijo, no tiene fuerza como pareja.

La pareja se realiza en la sexualidad.

La fuerza instintiva de la sexualidad es la señal de su grandeza, que está más allá de lo humano. Es un impulso que atraviesa todo el universo, al servicio de la vida. La reunificación de lo separado, la fusión de lo complementario,  crea más vida. Es la fuerza que permite la supervivencia de la humanidad. La Hellinger Sciencia considera la sexualidad como la fuerza sagrada por excelencia.

La sexualidad tiene baches y oscilaciones. Es muy sensible a los mandatos paternos, creencias personales y familiares, intrincaciones y desorden sistémicos.

La atracción sexual es como el mar, es una presencia de fondo que se manifiesta a través del movimiento de las olas. Al pico del enamoramiento sucede el valle de la toma de conciencia, y de nuevo surge una nueva ola de atracción que será seguida del valle correspondiente de relajación y alejamiento interno, y así sucesivamente.

¿Qué son esos picos y esos valles?

Los picos representan las fases de atracción instintiva. Al cabo de un tiempo, empieza el valle, la retirada de la atracción, en el que se podrá dar la aceptación incondicional del otro, el rechazo o la indiferencia. Esta retirada puede estar movida por muchas causas: conflictos, traumas, intrincación, campo mórfico…

Ahí nace la ternura profunda, el respeto, el amor. O la indiferencia y el alejamiento.

Al cabo de un tiempo de nuevo vuelve la atracción…

Poco a poco se van instalando valles cada vez más amplios, gracias al conocimiento que vamos adquiriendo de nosotros mismos y del otro. Y a  la atracción ciega le sucede el reconocimiento del otro, la ternura y la atracción a segunda vista, el agradecimiento y la alegría de estar juntos, el respeto a la otra persona como es y a sus necesidades.

Durante el pico de las olas, sólo existimos los dos. En el valle, miramos juntos al mundo, al proyecto de pareja y al servicio de la vida como lo marca el destino de cada uno.

El conyugue que se niega sistémicamente a darse sexualmente, por trauma o cualquier otro motivo inconsciente, hiere la dignidad del que es demandante de sexo. La relación entre los dos se deteriora, el que pide se siente pequeño y culpabilizado por su necesidad, el que rechaza se siente grande y con buena consciencia. Esto suele provocar la separación, el que pide, para salir de su sentimiento de culpa, se va hacia otra persona con más vida; así recupera su dignidad.

En los valles también sucede algo importante: la confrontación, los conflictos. La pareja es el espacio de la mayor intimidad. La intimidad es siempre algo en construcción, le tenemos miedo y proyectamos en ella todas las carencias y represiones que tuvimos de pequeño referente a la intimidad con nuestros padres y especialmente con nuestra madre. Y vamos accediendo poco a poco a este espacio de comunión y respeto.

La intimidad

Gracias a la convivencia y al intercambio afectivo entre los dos miembros de la pareja se puede desarrollar la intimidad, el estado más evolucionado de las relaciones entre dos adultos.

Para que pueda darse la intimidad en la pareja, es necesario que ambos conyugues se hayan separado de sus padres, que sean independientes de ellos afectivamente para poder necesitar a otra persona. Así los dos podrán crear un vínculo entre ellos, más importante que él que tenía con sus padres. Cada uno tiene que poder decir a sus padres “mi pareja, para mí,  ahora es más importante que tú”.

Lo mismo ocurre con los hermanos, cada hermano ha de volverse independiente de los demás hermanos para poder crear su propio sistema familiar.

El hombre renuncia a su madre, la mujer renuncia a su padre, para poder necesitar a la pareja.

El hombre que se queda en la zona de influencia de la madre no tiene respeto por las mujeres. La mujer que se queda en la zona de influencia del padre no tiene respeto por los hombres. Permanecen adolescentes, con sus sentimientos de omnipotencia y de desprecio a todos los demás.

En caso de malas relaciones entre yerno/nuera y suegra:

La hija dice a su madre: mi marido es él. Dejo a mi padre y a mi madre y le sigo con amor.

El yerno a su suegra: ahora mi mujer es ella: en ella te respeto.

El hijo a su madre o la hija a su padre: ahora ella/él es mejor que tú para mí.

La convivencia

La convivencia pone en juego:

el respeto mutuo,

el respeto del orden,

la pertenencia a un nuevo sistema de valores creado por ambos, por lo tanto distinto del sistema de origen a pesar del sentimiento de culpa que crea esto,

la aceptación de los conflictos como herramientas de despojamiento de las fidelidades al pasado y de acercamiento a una mayor intimidad entre los dos: la resolución de los conflictos de pareja es la mayor herramienta de crecimiento humano.

A pesar de la generalización del trabajo de la mujer, el orden interno de la pareja sigue siendo el mismo. Físicamente se observa que en la pareja (cuando ambos son diestros) en la que hay amor y respeto el hombre está a la derecha de la mujer, menos en la cama que es al revés.

Estar a la izquierda significa respetar al que está a la derecha, y estar a la derecha quiere decir entregarse al servicio del que está a la izquierda y le respeta. Cuando se invierte ese orden la igualdad y el respeto mutuo entre los dos desaparecen.

Cuando la mujer está a la derecha, o bien ella domina y el hombre se convierte en un niño, o ella es la niña y el hombre el poderoso.

Cada uno pertenece a un sistema y tiene una serie de fidelidades. Los conflictos surgen cuando mi pareja hace algo prohibido en mi sistema, o cuando su comportamiento reabre una herida antigua y yo deseaba internamente que él o ella se hicieran cargo de esa herida.

Cada conflicto es una gran oportunidad para soltar fidelidades y ser más libre, como para hacerse cargo de uno mismo, soltando expectativas “infantiles”, haciéndose más adulto, más autónomo, permitiendo así a la pareja adquirir un mayor despliegue.

Los conflictos son oportunidades de crecimiento. Y sólo la convivencia va a hacer aflorar estos conflictos. Cuando nos enfadamos es porque el otro ha tocado una fidelidad que aún nos ata a nuestro sistema de origen o nos está mostrando algo que no aceptamos de nosotros mismos. Por lo  que la seguridad de saber que estamos unidos para toda la vida, el saber que el otro está comprometido a pesar de los conflictos, permite la elaboración y la superación de estos conflictos y gracias a ello crecimiento de ambos y mayor armonía en la convivencia.

Si estoy enfadado con el otro, me doy cuenta de que lo que rechazo de él lo tengo yo, aunque no lo quiera admitir. Y digo al otro “gracias por ser como eres. En ti, me encuentro a mí mismo”.

Cuando el otro tiene un comportamiento difícil, honramos al excluido a quién es fiel. Y honramos a nuestro compañero/a agradeciéndole ser como es.

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