Romper la cadena del Dolor

junio 02, 2016

Un día, cuando estaba próxima a terminar de escribir este libro, recibí un informe titulado «Toca el futuro: Aprendizaje de las relaciones óptimas para niños y adultos». Compendio de sólidos estudios sobre la importancia del vínculo madre-hijo para el desarrollo cerebral y emocional óptimo de los niños, incluía documentación sobre cómo habían conspirado las modernas prácticas obstétricas, la falta de vínculo madre-bebé, la falta de amamantamiento por la madre, el servicio de guardería institucional y la violencia que aparece en los medios, a generar una epidemia de agresividad, depresión, violencia y tendencias suicidas en los niños. Aun cuando los estudios mencionados en este informe no eran nuevos para mí, y estaba de acuerdo en muchas cosas, de todos modos me activó un sentimiento de culpa materna muy antigua, profunda como un abismo. Me quedé paralizada y no pude continuar leyéndolo, abrumada por la sensación de que no había hecho bastante por mis hijas.

 Me sentí culpable por haber tenido ayuda en el cuidado de las niñas cuando estaba trabajando; me sentí culpable por haber deseado tener una profesión y una familia; me sentí culpable por no haber llevado a mis hijas junto a mi cuerpo todo el primer año de vida. Caída en ese abismo de culpa materna, me cegué a todo lo que había hecho bien. Me llevó veinticuatro horas comenzar a recuperar el sentido. Cuando por fin me recuperé lo bastante para pensar y sentir con claridad, me pregunté: «¿Qué me pasa? ¿Por qué me siento tan mal conmigo misma como madre?» Y entonces hice la conexión. No me gustaban algunas de las decisiones que había tomado una de mis hijas veinteañeras en esos momentos. 

Pero en lugar de dejar que esas decisiones fueran responsabilidad de ella, suponía que sus errores eran por mi culpa, un reflejo de cómo yo la crié. ¿Y si lo hubiera hecho distinto? ¿Y si no hubiera trabajado? ¿Y si hubiera sido más estricta? ¿Le consentí demasiadas cosas? ¿O dejé de consentirle otras? ¿Cuándo acababa mi responsabilidad y comenzaba la de ella? El artículo que me desencadenó el sentimiento de culpa trataba de los vínculos afectivos de la primera infancia. ¿Y los actuales qué? Y comprendí que, al margen de lo que hubiera hecho o dejado de hacer en el pasado, volver a analizar mis errores de omisión o comisión como madre era meterme en un callejón sin salida. Recorrer una y otra vez ese determinado camino no producía nada aparte de más dolor y culpa. 

Culpar a nuestras madres por sus defectos (y por consiguiente los nuestros) o sentirnos culpables por nuestros fallos como madres son maneras seguras de continuar en la modalidad de víctimas como mujeres, un estado que nos aleja de nuestro poder personal y nos predispone para la enfermedad y más fracasos. Aunque hemos de ser sinceras con nosotras mismas acerca de nuestra infancia, aunque hemos de reconocer en qué no hemos acertado, no nos sirve para nada continuar estancadas en el sentimiento de culpa. En lugar de eso, tenemos que aprender a continuar adelante conscientemente, con los ojos y el corazón abiertos.

 Por Christiane Northrup

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