Las relaciones de pareja como motor emocional: manipulación soterrada

noviembre 16, 2016



“Cada día oigo con más frecuencia lo desgraciado que es alguien por causa de su relación con una persona de su entorno. Un marido, una esposa, una madre, un hijo, un compañero de trabajo, un jefe, un amigo... son figuras con las que si no se ha madurado emocionalmente y aprendido a navegar por entre las emociones pueden ser causa de una enorme amargura e infelicidad personal. En este contexto de toxicidad y dependencia, observaréis que subyace el soterrado juego de la manipulación que arropado de mentiras, inculpaciones, amenazas, críticas, desprecios, resentimientos, rabia, odio y, en muchos casos violencia, debilita nuestra autoestima e inunda de negatividad el curso natural de la vida.

Todo este abanico de emociones destructivas tienden a echar las culpas de nuestras desgracias “fuera” de nosotros y hacer de tales relaciones un espacio tóxico para el bloqueo y la infelicidad”. “Observo que en la actual civilización de divorcios y consumo de romances fugaces subyace una gran ansiedad emocional que señala la necesidad de revisar los patrones de acción en la esfera de las relaciones personales.

Nos encontramos en el seno de una sociedad en la que tras un gran esfuerzo de nuestros antecesores, podemos ya no solo “comer caliente” todos los días sino también tener una casa que nos cobija, y gozar de una mínima seguridad en los campos primarios de la vida, cosa que para otras culturas de este planeta viene resultando un sueño inalcanzable”.

“Todas estas adquisiciones para nosotros normales, pero cuya ausencia causó una gran tensión en nuestros antepasados ha propiciado que en la actualidad, las causas de nuestra infelicidad se hayan trasladado a otro sector menos primario que el de aquellas necesidades básicas, pero no por ello menos inmune al dolor y la angustia; me refiero a las relaciones personales”.

“Cada día constatamos que en el seno de nuestras grandes ciudades actuales, la soledad y los problemas de convivencia, tanto los de estancamiento e incomunicación como los de ruptura de pareja se han convertido en el caballo de batalla que causa la misma desgracia y deterioro emocional que la enfermedad física, el hambre o la guerra. Y tal y como siempre ha sido, el sufrimiento humano sigue siendo un problema que finalmente se basa en la ignorancia y un escaso grado de consciencia. Todos sabemos que el que tiene un problema con otro, lo que realmente tiene es un problema con una parte de sí mismo. Un problema que en la mayoría de los casos, se resuelve apostando por el crecimiento personal y la expansión de la conciencia”.

“¿Cuál es a mi juicio el mayor obstáculo con que se encuentran las parejas y otras relaciones actuales? La respuesta que aglutina una gran parte de tales obstáculos señala lo que entendemos por “dependencia emocional”.

Sus ejemplos cotidianos circulan constantemente en la vida diaria sin llamarnos la atención, de hecho para detectarlos hace falta abrir muy bien los ojos y estar atentos a las intenciones que esconden muchos comentarios cotidianos de apariencia inocente. ¿Cómo suelen hacerse visibles los esquemas de dependencia emocional?” “Para explorar tal área, os propongo que reproduzcamos las frases más habituales que son dichas en nuestros entornos y que suelen conllevar el patrón de dependencia y manipulación”.

Las frases habituales de manipulación soterrada

“A ver qué os parece esta frase que a veces me suele decir mi madre: 
“Desde luego Sara, encima de que me preocupo por ti, mira como me pagas, me haces tan infeliz”

Es evidente que la madre de Sara parece decir entre líneas con esa frase tan cotidiana que la responsabilidad de su propia felicidad no está en ella misma sino en la conducta de Sara. A través de manipuladoras palabras viene a decirle que, en alguna medida está viviendo la vida de Sara en lugar de la suya propia, y que por otra parte, la conducta de Sara “la hace” infeliz, y todo eso se lo dice posiblemente con toda su buena intención. Una vez más, la dependencia emocional propicia que la madre de Sara no asuma su responsabilidad en los propios estados de ánimo, transfiriendo la responsabilidad de su felicidad y culpabilizando emocionalmente a su hija para manejarla. (posiblemente con las mejores intenciones).

 —Y hablando de madres ¿que os parecen estas dos? Afirma otra asistente: “No puedo dormir si no me llamas”. “Si no te quisiese tanto no me preocuparía por ti” 

En este caso, de nuevo la madre no queriéndose caducar como protectora y sintiéndose enganchada a la vida de la hija, relaciona el amor y el deseo de protección que siente con su dependencia a determinados miedos y anticipaciones negativas. Una vez más, la madre vive la vida de la hija, y no la suya propia. En este caso, la “preocupación” es vendida por la madre como un tesoro de amor muy valioso. Sin duda una conducta que trata de manipular a su hija para “protegerla” mientras le dice sutilmente y entre líneas: “eres una inútil, me necesitas”. De este modo la inhibe para arriesgar en futuras experiencias que como mayor de edad opte por hacer. Opciones que en el fondo alimentan el temor de que la hija conozca a alguien que no conviene al ideal de la madre o incluso en muchos casos de que viva su propia vida alejándose de la madre y “dejándole de querer”. 

—Escuchad esta que oigo a menudo”: “Desde luego Juan, te vengo a ver desde mi casa para visitarte y encima me das la tarde de esta forma”

La pareja de Juan viene a decirle entre líneas que se ha “sacrificado” por Juan y que se ha visto defraudada en sus expectativas. En este caso, el hecho de utilizar la idea de lo que me “sacrificio por ti”, sigue siendo inexacto y manipulador porque todo lo que uno hace, finalmente lo hace porque a uno le satisface en algún nivel, aunque sea por la satisfacción de ver al otro en mejor situación, sin embargo el hecho de proceder a decir que “sufro para que seas feliz”, supone decirle soterradamente “me debes”, “siéntete condicionado”, “acuérdate de lo que he hecho cuando te pida algo”, o simplemente “quiéreme mucho porque de lo contrario, puedes quedarte sin mis favores”... Otra forma de decir manipulando, “haz lo que espero de ti”. 

Una vez más las expectativas que tenemos acerca de la conducta de otra persona a la que decimos amar no hacen sino confirmar que en todo caso lo que sentimos como amor desde la dependencia no es al otro sujeto en sí, sino a un “kit de conductas” que nos satisfacen. 

En este caso, si Juan no detecta esa manera de manipular que tiene su pareja, “entrará al trapo” sintiéndose culpable ante algo que posiblemente era natural que sucediese. La pareja de Juan viene a decirle soterradamente que su felicidad depende de la conducta “deseable” de Juan. 

Una manera de amar muy común y que en el fondo lo que hace es pasar a otro la responsabilidad de la propia felicidad. En este sentido pienso que un antivirus de esta dependencia se basaría en recordarse alguna vez la idea de: “No te necesito para ser feliz” “Sin ti también lo paso bien” —No sé que os parecerá esta frase pero yo la he vivido:

“Quiéreme, quiéreme mucho, dame un beso, no me dejes de querer”

¡”No sé qué tengo que hacer para que me quieras”

En realidad ¿podemos decirle a otro ser que sienta amor por nosotros? ¿podemos pedirle que sienta ganas de darnos un beso? ¿podemos pedirle que se sienta atraído sexualmente por nosotros? ¿acaso suponemos que la pasión brotará por la pena, la insistencia o la estrategia manipuladora? ¿creemos que acaso la persona objeto de nuestra absurda petición de amor tiene control sobre sus sentimientos y sobre la atracción física? ¿creemos que la persona decide por quién sentirse atraída o en su caso cuándo y con quién va a sentir deseo?

 En realidad, las demandas de cuidado y protección o bien de respeto y cortesía son admisibles y legítimas, pero las de pasión y sentimiento suponen una flagrante ignorancia de la naturaleza humana.

 Una vez más, la persona que acepte el juego de semejantes condicionamientos estará asumiendo la imposible carga de la felicidad ajena. Y en realidad, nadie puede hacerse responsable de parcelas tan sutiles y espontáneas como lo pueda ser el sentimiento, el deseo y la irracional sintonía entre dos personas. 

—¿No os han dicho alguna vez? “Ya no eres como antes Felipe, has cambiado mucho”

A Felipe vienen a decirle que se sienta culpable por haber cambiado. Al parecer, la persona que le acusa de su cambio, viene a decirle que antes era una persona mejor y que ahora tal y como es no merece nuestro amor. Frases insinuadoras de que los tiempos pasados fueron mejores y que lo malo que pueda venir es entre otras cosas porque Felipe ha cambiado. Al parecer la persona en cuestión pretende congelar el cliché de Felipe porque de lo contrario, no “le hará” feliz. 

—Escuchad esta que mi padre viene diciéndonos desde hace muchos años”: “Como sigáis así vais a acabar conmigo”.

 La persona que dice esta frase, está responsabilizando su propio final al de una conducta ajena que al parecer, para ella debe resultar torturadora. Afirma que los demás no pueden ser como ellos quieren ya que de ser así “le harán” muy infeliz. En este tipo de frases no se hace referencia a que no existan conductas ilegales, impropias o incluso insoportables, cosa que sería legítimo denunciar, sino que por el contrario se imputa al sujeto la culpabilidad final de su desgracia. 

Si alguien no está satisfecho con la conducta ajena, puede plantear objeciones, negociar acuerdos, llevar a los tribunales, poner condiciones a su relación y un sinnúmero más de posibilidades que nada deben de incorporar los registros emocionales de dependencia y manipulación que hacen al sujeto culpable de tamaña desdicha. 

—En mi caso os cuento que mi marido me suele colocar esta frasecita cuando tenemos alguna discusión que generalmente ocurre el sábado cuando vamos a pasar el fin de semana en la Sierra: “Me has amargado la mañana”. 
Una vez más la responsabilidad de la amargura o de la alegría está fuera del sujeto que la experimenta. La persona que así se expresa no asume la responsabilidad de sus propios estados mentales. Una vez más la felicidad o la desgracia dependen de un supuesto culpable o merecedor. Otro caso evidente de manipulación mediante el dar pena y hacer culpable al otro.

 —En mi caso tengo que reconocer que a me saca de quicio el tipo de manipulación centrado en el clásico victimismo del hipocondríaco y del enfermo. Tengo una ex mujer que posee una de las habilidades más extraordinarias que he visto para dar pena a quien así le conviene. En este sentido, domina, no sé si consciente o inconscientemente, toda una gama de tosidos melodramáticos sazonados de increíbles quiebras de voz. Sin duda una estrategia que consigue de sus interlocutores no sólo compasión sino incluso ayuda económica contante y sonante. 

Cuando empieza a emitir sus variados tosidillos inteligentes dan ganas de preguntarle ya directamente: ¿Cuánto? Al parecer debió aprender desde la infancia un patrón por el que lograba que le diesen más atención. Por otra parte aplicando su entrenada actitud se da cuenta de que asimismo logra que se desvíen las exigencias de eficacia y puntualidad hacia su persona, un patrón tal vez conformado en la convivencia con un padre rígido. He observado que usualmente que de esta forma logra que la quieren y respeten más que cuando muestra su propio poder. Digamos que desde niña debió ver que la cosa funcionaba y poco a poco fue tomando el camino del aplazamiento del esfuerzo. 
Actualmente tiende a encarnar a una especie de heroína doméstica que está al límite y que hace todo lo que puede pero que por cuestiones físicas u hormonales no da más. —Sí ese un patrón muy frecuente en madres, abuelas y seres en jubileo que han pasado a segundo plano y manipulan dando pena a sus hijos y personas que les rodena. 
Pienso que es un patrón de victimismo que sale caro a quien lo ejerce porque logra sus objetivos a corto plazo pero los que les bailan el agua pronto evitan compartir su compañía.

 —¿Y no os parece que frases de este tipo suelen también tener carga?” “Te quiero porque te necesito”. “Mi amor, no puedo vivir sin ti”
¿Te has fijado cuanto le quiere que no puede vivir sin ella”? Desde la perspectiva de la dependencia emocional, el hecho de “necesitar” a alguien supone declararse encadenado a otra persona y de paso manipularla para que satisfaga sus necesidades o de lo contrario será infeliz. Todos sabemos que la pareja sigue ahí porque en alguna medida satisface nuestras necesidades por sutiles y espirituales que estas sean, sin embargo al afirmar “no puedo vivir sin ti” se hace una declaración con aspecto de romántica que declara la impotencia que no hace frente a la propia individualidad. En el fondo se trata de una declaración de incapacidad sobre la gestión de nuestros propios afectos e intereses. Ya decía el sabio que “dos palomas atadas de las patas no pueden volar”. 

Es por ello que el hecho de “necesitar” a otro es algo más que elegirlo porque nos sentimos muy bien e incluso necesitamos esa ración de compañía, comunicación, sexo o lo que sea, pero si entendemos que no hay reciprocidad y seguimos necesitando, es decir amando a la persona que no nos ama, estaremos declarando un infierno de falta de capacidad para gestionar nuestra vida en cada situación por fuerte que ésta parezca. 

Podemos sentir que necesitamos cuidado, cariño o un abrazo, podemos necesitar de la comunicación, del sexo, de sentirnos queridos, de la presencia del ser amado, de su dedicación... podemos sentir que cuando nos vemos envueltos en una relación necesitamos una serie de hábitos que son en alguna medida suministros de la estabilidad que hemos fabricado. Sin embargo no resulta sano necesitar la conducta ajena declarando: no puedo vivir sin ti como tiende uno a declarar cuando afirma “te necesito”.

 Y lo tremendo de todo esto es que desde el nivel de dependencia, el hecho de sentir que tenemos a alguien asegurado y sometido porque nos necesita, desgraciadamente suele hacer ilusión y en muchos casos se considera narcisistamente incluso una satisfactoria conquista.

 ¿Quién dijo que amar a un ser humano era ayudarle a ser libre?, qué es mejor ¿ser media naranja de alguien o bien ser una naranja entera con otra naranja entera? 

—Hace unos días viví este episodio, a ver qué os parece:
 ¿“Oye podrías pasarte por el súper y cuando vengas me traes dos paquetes de café”? “Pues no puedo, porque tengo que acompañar a mi madre que tiene prisa” “Vale, Vale... Bien, Bien... ¡Pues no me lo traigas! No te pediré nada. Vale, vale...” 

La persona que dice tales expresiones parece no soportar la frustración que le produce la negativa de alguien sobre la que tiene dominio o expectativas. Tal reacción por no acceder a su petición de dos paquetes de café supone una manera de amenazar con que en lo sucesivo no diga nunca que no a lo que ella pida, porque no sólo la defraudará desproporcionadamente, sino que viene a decirle que su relación está marcada por el infantil patrón de “todo o nada” o “conmigo o contra mi”.

 Una vez más la responsabilidad de su desagrado emocional está en la dependiente conducta de incondicionalidad que ella espera del otro. 

“¿Y cuando el jefe u otra persona dice cosas como estas? “No esperaba menos de ti”. “Me has defraudado”. “Me has desilusionado”. “Yo creía que no me merecía esto que me has hecho”. “Con lo que yo he hecho por ti”. 

Cuando decimos frases de este estilo, además de adoptar una patrón patriarcal y manipulador, seguimos confirmando nuestras expectativas acerca del otro que tendrá la culpa de que nos sintamos mal. Y una vez más pasamos la responsabilidad de nuestra felicidad de nuestros sentimientos y de nuestro ánimo al exterior, y lo que es peor a la conducta de alguien libre e individual. 

Extraído del curso de Conciencia Integral

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