Concepción Responsable y el Embarazo Responsable

enero 21, 2018



Todos conocemos la expresión «cuando no eras más que un brillo en los ojos de tus padres». Esta frase evoca la felicidad de unos padres cariñosos que desean de verdad tener un hijo. Es también una frase que resume los descubrimientos de las últimas investigaciones genéticas, que afirman que los padres deberían alimentar ese brillo en los ojos meses antes de concebir un hijo. El hecho de fomentar de la respuesta de crecimiento puede dar como resultado hijos más inteligentes, más sanos y más felices. Las investigaciones revelan que los padres actúan como ingenieros genéticos con sus hijos durante los meses previos a la concepción. En las etapas finales de la maduración del óvulo y del espermatozoide, se ajusta la actividad de los grupos de genes específicos que darán forma al niño que está por nacer mediante un proceso llamado «impresión genómica» (Surani, 2001; Reik y Walter, 2001) .. La investigación revela que los acontecimientos de la vida de los padres influyen en la mente y el cuerpo de su hijo, una idea espeluznante si se tiene en cuenta que la mayoría de las personas no están preparadas para tener hijos. Verny escribió en un libro titulado Pre-Parenting: Nurturing Your Child from Conception: «Existe una gran diferencia entre los hijos concebidos por amor, por odio o por tedio; importa incluso si la madre desea quedarse embarazada o no ... Los padres 10 hacen mejor cuando viven en un entorno tranquilo y estable, libre de adicciones, y cuentan con el apoyo de la familia y los amigos». Curiosamente, las culturas aborígenes conocen la influencia del ambiente en la concepción desde hace milenios. Antes de concebir un hijo, las parejas purifican mente y cuerpo en un rito ceremonial. Existe un impresionante grupo de investigación que está estudiando la importancia de la actitud de los padres en el desarrollo del feto tras la concepción. Una vez más, Verny dice: «De hecho, el enorme peso de las evidencias científicas que han surgido durante la última década exige que reconsideremos las capacidades físicas e intelectuales de los nonatos. Tanto si están dormidos como despiertos, los estudios muestran que los nona tos perciben constantemente los actos, los pensamientos y los sentimientos de su madre. Desde el momento de la concepción, las condiciones del útero moldean el cerebro y establecen las bases de la personalidad, el temperamento emocional y la capacidad del pensamiento lógico del niño». Ha llegado el momento de señalar que la nueva biología no es un regreso a esa época en la que se culpaba a las madres de cada dolencia que la medicina no comprendía, desde la esquizofrenia al autismo. Las madres y los padres son responsables de la concepción y del embarazo, aun cuando sea la madre quien lleva al hijo en su vientre. Lo que hace el padre afecta profundamente a la madre, lo que a su vez afecta al hijo en desarrollo. Por ejemplo, si el padre se marcha y la madre comienza a preguntarse cómo saldrá adelante, su marcha cambia por completo la interacción entre la madre y el hijo que está por nacer. De forma similar, los factores sociales como la falta de empleo, el alojamiento, la asistencia médica o las interminables guerras que hacen que los padres se alisten en el ejército, pueden afectar a los progenitores y, por tanto, también al niño. La esencia de la paternidad responsable es que tanto las madres como los padres se responsabilicen de educar niños sanos, inteligentes, productivos y llenos de alegría. Claro está que no podemos culpamos, y tampoco a nuestros padres, por los fracasos de nuestra vida o de la vida de nuestros hijos. La ciencia concentra nuestra atención en el determinismo genético y no nos informa de la influencia que las creencias tienen en la vida ni, lo que es más importante, de cómo influyen nuestros comportamientos y actitudes en la vida de nuestros hijos. La mayoría de los obstetras tampoco sabe lo importantes que son las actitudes paternales en el desarrollo del bebé. Según el determinismo genético que les inculcaron cuando estudiaban, el desarrollo fetal está regulado por los genes y la madre tiene muy poco que ver. En consecuencia, los obstetras y ginecólogos se preocupan poco de estas cosas durante el embarazo de la madre: «¿Come bien? ¿Hace ejercicio con regularidad?». Esas preguntas se concentran en lo que ellos creen que es el papel fundamental de la madre: el suministro de nutrientes que el feto programado genéticamente necesita para desarrollarse. Sin embargo, el niño en vías de desarrollo recibe mucho más que nutrientes a través de la sangre materna. Junto con los nutrientes, el feto absorbe los excesos de glucosa si la madre es diabética, y un exceso de cortisol o de alguna otra hormona del estrés si la madre padece ansiedad crónica. Hoy en día las investigaciones ofrecen una nueva visión sobre el funcionamiento del sistema. Si la madre padece estrés, se activa su eje HP A, lo que desencadena la respuesta de huida o lucha en un entorno amenazador. Las hormonas del estrés preparan el cuerpo para la respuesta de protección. Una vez que esas señales maternas penetran en el torrente sanguíneo fetal, ejercen su acción en los mismos tejidos, tanto en el feto como en la madre. En ambientes estresantes, la sangre del feto se dirige fundamentalmente a los músculos y al cerebelo para aportar los requerimientos nutricionales que necesitan las extremidades y la región del cerebro responsable de los comportamientos reflejos que nos mantienen con vida. Al apoyar la función de los sistemas encargados de la protección, se restringe el aporte sanguíneo de las vísceras y las hormonas del estrés inhiben la función del cerebro anterior. El desarrollo de los tejidos y órganos fetales es proporcional a la cantidad de sangre que reciben y a la función que desarrollan. Cuando atraviesan la placenta, las hormonas de una madre que padece ansiedad crónica alteran profundamente la distribución del aporte sanguíneo del feto y cambian las características del desarrollo de la fisiología de su hijo (Lesage, et al., 2004; Christensen, 2000; Arnsten, 1998; Leutwyler, 1998; Sapolsky, 1997; Sandman, et al., 1994). En la Universidad de Melbourne, la investigación llevada a cabo por E. Marilyn Wintour en ovejas (que psicológicamente son bastante parecidas a los humanos) ha revelado que la exposición prenatal a cortisol conduce a la postre a una elevada presión sanguínea (Dodic, et al., 2002). Los niveles de cortisol fetal juegan un papel muy importante en el desarrollo de las unidades de filtración renales, las nefronas. Las nefronas están involucradas en la regulación del balance salino corporal y, por tanto, son muy importantes en el control de la presión sanguínea o tensión arteria!. El exceso de cortisol producido por una madre estresada modifica la formación de las nefronas del feto. Un efecto adicional del exceso de cortisol es el cambio desde el estado de crecimiento al de protección que se produce tanto en la madre como en el feto. Como resultado, el efecto inhibidor del crecimiento del exceso de cortisol en el útero provoca que los niños nazcan más pequeños. Las condiciones poco óptimas en el útero que dan como resultado niños de menor peso se han relacionado con un buen número de enfermedades de la edad adulta que Nathanielsz reseña en su libro Life In The Womb, entre las que se incluyen la diabetes, las enfermedades cardíacas y la obesidad. El doctor David Barker de la Universidad de Southampton ha descubierto, por ejemplo, que cuando un varón pesa menos de dos kilogramos y medio en el momento del nacimiento tiene un 50 por ciento más de posibilidades de morir a causa de una enfermedad cardiovascular que uno que pese más al nacer. Los investigadores de Harvard han descubierto que una niña que pese menos de dos kilos y medio en el momento del nacimiento tiene un 23 por ciento más de posibilidades de sufrir una enfermedad cardiovascular que las que nacen con un peso superior. Y David Leon, de la Escuela Médica de Higiene y Medicina Tropical de Londres ha descubierto que la diabetes es tres veces más común en los varones de sesenta años que nacieron pequeños y delgados. La importancia que se le ha otorgado recientemente al ambiente prenatal se extiende hasta él estudio del coeficiente de inteligencia (CO, un rasgo que los deterministas genéticos y los racistas creían dependiente de los genes. En 1997, Bernie Devlin, un profesor de psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad de Pittsburg, analizó cuidadosamente 212 estudios previos que comparaban el coeficiente de inteligencia de varios grupos de gemelos, de hermanos y de padres e hijos. Llegó a la conclusión de que los genes suponían sólo un 48 por ciento de los factores que determinan el coeficiente de inteligencia. Y cuando se tienen en cuenta los efectos sinérgicos de la mezcla de los genes maternos y paternos, el componente de inteligencia heredado baja aún más, hasta un 34 por ciento (Devlin, et al., 1997; McGue,1997). Devlin descubrió también que las condiciones ambientales durante el desarrollo prenatal influían de forma muy significativa en el coeficiente de inteligencia. Reveló que casi un 41 por ciento del potencial de inteligencia de los niños está regulado por factores ambientales. Los estudios previos ya habían descubierto que beber y fumar durante el embarazo podía disminuir el CI de los niños, al igual que la exposición al plomo durante el desarrollo uterino. La lección que deben aprender las personas que desean ser padres es que se puede reducir de forma drástica la inteligencia de su hijo por el mero hecho de no llevar bien el embarazo. Los cambios en el coeficiente de inteligencia no son accidentales; están relacionados de manera directa con las alteraciones del flujo sanguíneo en el cerebro que padece estrés. En mis conferencias sobre la paternidad responsable cito un buen número de estudios, pero también muestro un vídeo de una organización italiana de paternidad responsable, la Associazione Nazionale Educazione Prenatale, que ilustra con todo detalle la relación de interdependencia entre los padres y el hijo que está por nacer. En este vídeo, una madre y un padre se enzarzan en una discusión mientras a la mujer le hacen una ecografía. Se puede apreciar cómo el feto da un respingo cuando comienza la discusión. Cuando la discusión se agrava rompiendo un vaso, el desconcertado feto arquea el cuerpo y se eleva, como si estuviese en un trampolín. El poder de la tecnología moderna, en la forma de una ecografía, nos permite echar por tierra el mito de que el nonato no posee un organismo lo bastante evolucionado como para responder a algo que no sea el entorno nutricional.

Bruce H. Lipton

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