Los Padres Como Ingenieros Genéticos

enero 21, 2018



Sin duda habrás escuchado ese atractivo argumento que asegura que una vez que los padres les transmiten los genes a su descendencia pasan a un segundo plano en las vidas de sus hijos, lo único que tienen que hacer es evitar abusar de sus hijos, alimentados y vestidos y esperar a ver hasta dónde les lleva la programación genética. Esta idea permite que los padres continúen con su sus vida tal y como era antes de tener hijos: pueden dejar a sus hijos sin problemas en las guarderías o en manos de niñeras. Es una idea de lo más atractiva para los padres ocupados o para los perezosos. También resulta atractiva para los padres como yo, que tenemos hijos biológicos con personalidades radicalmente diferentes. Solía pensar que mis hijas son distintas porque habían heredado genes diferentes en el momento de la concepción: una selección aleatoria en la que ni su madre ni yo tomamos parte. Después de todo, creía yo, habían crecido en el mismo entorno (medio), así que la causa de sus diferencias debía de estar en su naturaleza (en sus genes). Ahora sé que la realidad es muy distinta. Las ciencias vanguardistas confirman lo que las madres y los padres bien informados han sabido siempre: que los padres sí importan, por mucho que algunos superventas traten de convencernos de lo contrario. Para citar al doctor Thomas Verny, un pionero en el campo de la psiquiatría pre y perinatal: «Los descubrimientos expuestos en la literatura elaborada por expertos a lo largo de décadas establecen más allá de toda duda que los padres ejercen una influencia abrumadora sobre las atributos físicos y mentales de los hijos durante su desarrollo». (Verny y Kelly, 1981.) y esa influencia comienza, según Verny, no tras el nacimiento de los niños, sino antes de que los niños nazcan. Cuando, en 1981, Verny propuso por primera vez la idea de que la influencia de los padres se extendía incluso hasta el periodo de embarazo en su libro La vida secreta del niño antes de nacer, las pruebas científicas no habían hecho más que comenzar con los preliminares y los «expertos» en la materia se mostraron escépticos. Puesto que los científicos creían que el cerebro humano no era funcional hasta después del nacimiento, se asumía que los fetos y los bebés no tenían memoria y no sentían dolor. Después de todo, fue Freud quien acuñó el término «amnesia infantil» ya que la mayoría no recordamos nada de lo ocurrido antes de los tres o cuatro años. No obstante, los experimentos psicológicos y neurocientíficos han derrocado el mito de que los fetos no pueden recordar (ni aprender, ya que  estamos) y, por tanto, también la idea de que los padres son simples espectadores del desarrollo de sus hijos. El sistema nervioso del feto y del bebé en desarrollo posee un amplio repertorio de capacidades sensoriales y de aprendizaje, y una especie de memoria que los neurocientíficos denominan «memoria implícita». Otro de los pioneros en la psicología pre y perinatal, David Chamberlain, escribió en su libro La mente del bebé recién nacido: una nueva dimensión de la conciencia humana a través de la experiencia del nacimiento: «La verdad es que muchas de las creencias que albergábamos sobre los bebés son falsas. No son seres sencillos, sino complejas criaturas sin edad con una asombrosa cantidad de pensamientos». (Chamberlain,1998.) Estas complejas y diminutas criaturas tienen una vida prenatal en el útero que influye profundamente en la salud y el comportamiento que tendrán a lo largo de su vida. El doctor Peter W. Nathanielsz en su libro Life in the Womb: The Origin of Health and Disease escribió: «La calidad de la vida en el útero, nuestro hogar temporal antes de nacer, establece nuestra susceptibilidad a las enfermedades coronarias, a los infartos, a la diabetes, a la obesidad y a otras muchas enfermedades durante la vida posterior». De un tiempo a esta parte se ha relacionado un número aún mayor de trastornos crónicos de la edad adulta, tales como la osteoporosis, los trastornos de humor y la psicosis, coh las condiciones padecidas durante el desarrollo pre y perinatal (Gluckman y Hanson, 2004). Reconocer el papel que juega el entorno prenatal en el desarrollo de las enfermedades nos obliga a re considerar el determinismo genético. Nathanielsz escribió: «Cada vez son más las pruebas que demuestran que las condiciones del útero tienen tanta importancia como los genes a la hora de determinar cuál será el desarrollo mental y físico durante la vida. Miopía genética es el término que mejor describe la extendida idea actual de que nuestra salud y nuestro destino están regulados únicamente por los genes ... A diferencia del fatalismo relativo de la miopía genética, la comprensión de los mecanismos que subyacen tras la programación establecida por la calidad de vida en el útero, nos permite mejorar los primeros pasos en la vida de nuestros hijos y de los hijos de sus hijos». Los mecanismos de «programación» a los que Nathanielsz hace referencia son los mecanismos epigenéticos que ya he explicado, los mecanismos mediante los que los estímulos del entorno regulan la actividad génica. Tal y como asegura Nathanielsz, los padres pueden mejorar el entorno prenatal. Y al hacerla, actúan con sus hijos como ingenieros genéticos. La idea de que los padres pueden transmitir los cambios hereditarios a sus hijos es, desde luego, un concepto lamarckiano que entra en conflicto con el darwinismo. Nathanielsz es uno de los científicos lo bastante valiente como para salir en defensa de Lamarck: « ... La transmisión transgeneracional de las características no-genéticas existe. Lamarck tenía razón, aunque la transmisión transgeneracional de los caracteres adquiridos tiene lugar mediante mecanismos que eran desconocidos en su época». La respuesta de los individuos a las condiciones del ambiente que perciben sus madres antes del nacimiento les permite optimizar su desarrollo genético y fisiológico mientras se adaptan al ambiente previsto. La propia plasticidad epigenética del desarrollo humano puede tener malos resultados y conducir a todo un despliegue de enfermedades crónicas que se manifestarán en la edad adulta si un individuo sufre una nutrición insuficiente y circunstancias adversas en su entorno durante los periodos fetal y neonatal de su desarrollo (Bateson, et al., 2004). Las mismas influencias epigenéticas continúan tras el nacimiento del niño, ya que los padres siguen influyendo sobre el medio en el que se desarrollan sus hijos. Debo destacar un estudio especialmente fascinante que recalca la importancia de un buen ejercicio de la paternidad en el desarrollo del cerebro. El doctor Daniel J. Siegel en su libro The Developing Mind escribió: «Para el cerebro en crecimiento de un niño pequeño, el mundo social proporciona las más importantes experiencias que van a influir sobre la expresión de los genes, lo que a su vez determinará cómo se unen las neuronas entre sí para crear las rutas neuronales que darán origen a la actividad mental». En otras palabras, los niños necesitan un ambiente favorable para activar los genes que les proporcionarán un desarrollo cerebral saludable. Los padres, según revelan los últimos estudios científicos, continúan actuando como ingenieros genéticos después incluso del nacimiento de su hijo.

Bruce H. Lipton, Biología de las Creencias 

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