La pareja como “respuesta” al árbol genealógico Por Diana Paris

marzo 05, 2018



En el estudio del transgeneracional se indagan los miedos y conflictos que ambas partes de la pareja trae, de sus propios linajes de origen, al vínculo que los une.

Algunas parejas se tratan “como hermanos” (muy cercanos pero sin sexo o como perro y gato pero sin poder separarse). Esa situación sucede cuando ambos son dobles entre sí y el inconsciente lo lee como incesto simbólico. ¿Y por qué se han elegido? Tal vez porque ambos han decidido interrumpir la descendencia, cortar ese árbol, no tener hijos.  Ese podría ser un programa posible, uno de los motivos.

La miopía transgeneracional puede ser la clave del conflicto, la razón de ese “tropezar siempre con la misma piedra”… Revisando esas escenas dolorosas olvidadas y las emociones sepultadas, es cómo iniciamos el camino de regreso.

Uno de los obstáculos principales suele ser siempre el miedo. Ya hemos pasado por esa huella de dolor, conocemos el rail, la pista hacia donde nos lleva ese sentimiento, y bloqueamos el natural desarrollo de la relación. Cuando el “miedo al amor” se torna el resultado de un conflicto, que se repite una y otra vez, la respuesta la tenemos en nuestro árbol genealógico: ¿por qué fue peligroso amar en mi linaje?

En esa respuesta se ponen en juego los roles, la autoestima, la victimización y los acontecimientos que narran “la novela familiar”. Desactivar ese programa es el primer paso para pensarse en pareja.

Desde la psicogenealogía,  trabajamos esta noción de “pareja condicionada”, no hay azar ni casualidad tiempo-espacio, no fue el hallazgo en esa fiesta en la cual percibí su mirada penetrante, ni la admiración que sintieron él y ella al verse por primera vez, ni la silueta escultural ni la cabellera libre y al viento… Las historias de pareja están íntimamente relacionadas con nuestra historia familiar. La psicogenealogía indaga en los motivos secretos que actúan en la formación, consolidación y ruptura de un vínculo amoroso.

 “Pareja” es un término que viene del latín y significa “semejante”, “iguales”, “en partes iguales”. Así, una pareja es el vínculo de dos semejantes, un vínculo entre dos que van a la par, es decir, al mismo tiempo. ¿Cuántas parejas pueden dar cuenta de este significado? ¿Estoy dispuesto/a a esperar para ir a la par de mi compañero/a? ¿Qué me permito y qué no tolero de la relación? ¿En cuántos aspectos siento que va “cada uno por su lado”?

Comenzar una relación de pareja sin dilucidar previamente estos interrogantes personales, deja a media marcha la conciencia ampliada que todo vínculo sano necesita.  Es común ver en consulta esta demanda por parte de la pareja: “no nos escuchamos”, “somos dos extraños”, “ya no hablamos ni compartimos”.



Lo que yo necesito…
En “el almacén” de la pareja está lo que hay en la actualidad y también el vacío de lo que no desarrollamos en nuestro clan de origen. Al elegir al otro/a, reparamos el déficit de origen y proyectamos un cierto “poder” a esa persona que exhibe la parte (emocional, material, físico, comportamental) no desarrollada por nosotros.

Un niño que vive una infancia de vaivén y falta de estabilidad porque sus padres son actores y las giras los llevan de un pueblo a otro (situación que angustia al pequeño por el permanente deambular, sin barrio, escuela o amigos fijos), de adulto escogerá a una mujer sedentaria, sin afición al viaje y al movimiento, cuanto más “casera” mejor: esto tranquilizará su temor a volver a pasar por la intemperie de no tener raíces. Pero nada es tan matemático: al cabo de un tiempo de relación, lo que al principio fue confortable se torna asfixiante: ¿qué hará ese hombre que lleva en su alma la semilla de un andariego, un curioso, un explorador de mundos? Ha heredado y vivido en situación de “hoy acá, mañana allá” y deberá encontrar cómo encauzar ese estilo de su personalidad aunque haya armado una pareja quieta, segura y sin mudanzas en el horizonte… Tal vez con un hobby: estudiando sobre la historia del teatro ambulante, o quizá con un trabajo que lo “obligue” a estar viajando unos días al mes…

Me importas tú…
Tal vez la chispa se encienda tan solo por escuchar la respuesta a: “¿Cómo te llamas?” Y entonces, al oír el nombre de ella/él, nuestro inconsciente registra:¡Igual que mi amado abuelo!, ¡Igual que mi madrina a quien tanto extraño…! Los nombres de los otros tienen un eco particular en la historia de un clan y se ponen en acción a la hora de fijar la mirada en la pareja.

Un buen ejercicio es marcar en el genosociograma (el árbol genealógico comentado) con un color los nombres masculinos que se repiten y, con otro, los femeninos que se repiten. Cuidado con los nombres “trampa”, ocultos, traducidos o reversibles. Veamos ejemplos: es el mismo nombre José María/María José, Margarita/Margot, Juan/Iván…





¿Y el tuyo? ¿Con cuál resuena o repite? Si no aparece en tres generaciones anteriores hasta los bisabuelos), se puede considerar un nombre “libre” de cargas genealógicas.

En psicogenealogía, el nombre del otro/a puede resonar profundamente en sentido positivo o como amenaza, según funcione como palabra familiar. Ejercicio de toma de conciencia: ¿A quién evocaba por su apodo o nombre ese primer novio/a de la adolescencia?

A veces, la memoria afectiva nos lleva hasta un niño perdido en el clan, a la rivalidad con un hermano, a un personaje idealizado, a un familiar admirado, violento o excluido… El sistema de creencias en el cual crecimos orienta la brújula: se puede/se debe/ se espera son los mandatos escritos en un cartel invisible que “leemos” en el otro/a al elegir pareja. Lo que de niños se aceptó, se prohibió, se excluyó marca un territorio cuyas fronteras son móviles: a medida que crecemos vamos cercando, con más o menos trincheras, el acercamiento al otro.

La manera de mirar el mundo es la herencia transgenealógica más pesada: se trata de un legado al que somos fieles de manera inconsciente y repetimos el modelo familiar cuando escogemos pareja, a modo de seguir perteneciendo al clan de origen. Una fantasía gobierna este mecanismo: “aunque me vaya de la casa, sigo estando en la tribu”.  Al realizar la propia autonomía amorosa, salimos de la casa original con recursos y capacidades, pero también con los ingredientes de todo lo vivido en el hogar y los contextos que nos permitieron desarrollar: los componentes adquiridos en cada experiencia (social, educativa, laboral) conforman un lenguaje que –ya sea más visible o menos- se exhibe en el almacén…

Reunir dos árboles, dos estilos de vida, dos menús para la noche de Navidad, dos desarraigos, dos gustos musicales, dos concepciones políticas, dos álbumes de recuerdos, dos maneras de concebir la libertad o la responsabilidad o la descendencia  (y podríamos seguir enumerando), reunir en diálogo, sin ironías, sin deudas, sin desprecios, sin frustraciones ni venganzas, es una tarea ciclópea. Reunir esas mitades en afán de complementariedad es como mapear zonas de la personalidad inalcanzables con cualquier aparato de última generación.

La clínica nos ayuda a corroborar que eso que me gatilla (me provoca) el otro es mío. Es de mi linaje. Es de mi arcaica historia de búsquedas y desasosiegos. Hasta no resolver lo personal, la pareja parece estar en entredicho, pero aún no ha entrado a escena… La lógica transgeneracional gobierna, tanto la elección de una pareja como su ruptura.

Darse cuenta
Conjugar la historia personal, en vaivén con la memoria transgeneracional, y “oír” el eco de esas historias parentales en un ciclo vital particular y riquísimo para autodescubrir cómo y cuándo nos enamoramos, de quién y por qué. Y sobre todo, para qué…

La toma de conciencia de los puntos de alianza o de coalición evita crisis de identidad que se manifiestan como “contradicción a mis creencias, a lo que aprendí en mi tribu”.

Dos árboles se unen cuando se arma una pareja: dos modos diferentes de un amplio universo que va desde cómo se concibe el mundo hasta cómo hacer tarta de manzanas… Dos árboles con una historia y un potencial que podrán enriquecerse en sus dones o estallar por los frutos… Ya dialogan, ya se oponen, ya se complementan.

Si reconocemos que no se consigue alcanzar lo que primero no se sueña, si no se puede enseñar lo que primero no se aprende, si no se logra dar lo que no se tiene, ¿cómo no iniciar la indagación sobre mis expectativas sobre el otro/a, sobre la construcción del encuentro amoroso sin partir del propio sujeto? ¿Qué estoy dispuesto a soñar? ¿Qué deseo aprender? ¿Qué tengo para ofrecer? ¿Con quién quiero compartir mis dones? ¿Cuánto estoy dispuesto a dar, y cuánto pretendo recibir en consonancia?

extraído www.descodificacionbiologica.e

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